La jaula de oro

La niña quiere mucho a su pajarito. Un ruiseñor silvestre que su padre le regaló por su aniversario. No es un pájaro demasiado colorido. En realidad, es de un gris anodino, bastante vulgar. Pero su padre le había dicho que éstos eran los mejores, los que tenían un canto más sublime. La niña no lo había oído cantar nunca, pero estaba enamorada de sus profundos ojos oscuros, y su imaginación divagaba sobre príncipes encantados en cuerpo de animal y brujas malvadas que lanzaban hechizos diabólicos.

La niña quería tanto al ruiseñor, que le compró una jaula de bellos y elaborados barrotes de oro. El comedero y el bebedero también estaban acabados en oro, aunque el recipiente era de cristal. Los juguetes que dispuso en la jaula eran de madera de ébano. La niña miró a su pajarito dentro de la jaula dorada y sonrió.

Pero la adoración que sentía por el pajarito era tan grande, que quiso darle más muestras de su amor. Colocó la jaula en una mesa blanca, redonda, elegante con sus detalles de marfil. Dispuso la mesa en el espacio más iluminado de su habitación, al lado de la ventana, desde la que se veía el hermoso y resplandeciente jardín. Al lado de la jaula, le pareció bien poner un rosal de pitiminí, que era precioso, y también, un pequeño helecho, que ofrecía sombra fresca a una parte de la jaula cuando el sol caía directamente sobre la ventana.

La niña miró de nuevo al ruiseñor y sonrió. ¡Estaba perfecto! Y sin embargo, algo ensombrecía su entusiasmo. Se acercó a la jaula y observó del cerca al pajarito. Sus profundos ojos oscuros aparecían serios, tristes, casi acongojados. La niña se apenó. Pensó que era su culpa que el ruiseñor no fuese felíz. Así que se esforzó aún más en complacerlo. Le ofreció los más selectos granos de alpiste que pudo encontrar. Trajo para él agua de la Fuente Nueva, la más fresca de la montaña. Le leyó cuentos infantiles, incluso alguna obra romántica de las que tanto le gustaban a su madre. Trajo el tocadiscos de su padre y ofreció a su huésped veladas de apasionada y profunda música clásica.

Pero el humor del pajarito no mejoraba. Incluso se le veía cada vez más apagado, falto de vitalidad. La niña no sabía qué más hacer, y consultó la situación con su amiga Clara, que era un par de años mayor que ella.

– El problema no está en tu pajarito – le dijo su amiga – sino en tí. ¿No ves que lo tienes demasiado mimado?

– ¿Ah sí? – contestó la niña.

– ¡Claro! Fíjate, es evidente. Le has enseñado que si se hace el remolón y el decaído, cada vez estarás más por él y lo cuidarás mejor. Y a eso se ha acostumbrado.

– Vaya… – dijo la niña pensativa.

– Ahora lo que tienes que hacer es enseñarle que no, que por ahí no se va a ningún sitio. Que no te vas a dejar chantajear más. Le tienes que demostrar quién manda aquí.

– ¿Estás segura? – preguntó.

– ¡Por supuesto! ¿No ves que soy mayor que tú?

Al día siguiente, un jilguero de generoso y estridente canto hizo su aparición en la habitación de la niña. La mesa con detalles de marfil fue asignada al recién llegado, y el ruiseñor pasó a ocupar una triste estantería de mimbre en uno de los rincones más oscuros de la blanquísima habitación.

Las atenciones de la niña se dirigían en exclusiva al nuevo inquilino, que recibía con albricias y volteretas a su ama cada vez que ésta se acercaba. Pero el ruiseñor continuaba en su ensimismamiento, completamente ajeno a todo lo que a su alrededor sucedía.

Un día, al beber agua, notó un extraño y desagradable gusto a cloro que le sorprendió. Entonces el pájaro cayó en la cuenta de los cambios que habían acaecido a su alrededor. El nuevo vecino, el cambio de ubicación, la poca calidad de su comida, la suciedad acumulada en su jaula, la desaparición del rosal de pitiminí… Pero lo que más le dolió fue ver que el helecho que le había acompañado durante tanto tiempo se había marchitado por falta de cuidados.

La rabia hizo presa en él y comenzó a agitar las alas y a lanzar ruidosos reclamos.

La niña oyó el ajetreo que provenía de la jaula de oro y sonrió, aunque no mostró ninguna reacción.

Los días siguientes transcurrieron de la misma manera, con la niña prestando atención exquisita al jilguero, y descuidando a conciencia a su amado, y desesperado, pajarito.

Un día, la niña preparó de nuevo los exquisitos granitos de alpiste seleccionado con que habitualmente alimentaba al ruiseñor, y se decidió poner fin a aquel castigo, una vez visto que había obtenido los resultados deseados y el ruiseñor volvía a hacerle caso. Entró en la habitación y se dirigió hacia la jaula dorada, deseosa de volver a ponerla al lado de la ventana. Pero la jaula estaba vacía. Por un momento pensó que el ruiseñor quizás habría muerto, y que su cuerpo estaría tendido sin vida en el fondo de la jaula. Pero entonces recordó que el oro es un metal blando. No necesitó ver los barrotes doblados para saber que el pajarito al que tanto amaba había escapado para siempre.

2 pensamientos en “La jaula de oro”

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