La ciudad de los vagos

¿Es sostenible una sociedad, una ciudad, en la que no haga falta trabajar? ¿Qué harían las personas en esa ciudad? ¿A qué dedicarían su tiempo? En este artículo visitaremos una de estas ciudades y conoceremos su historia.

 

La ciudad de los vagos  

En la ciudad de los vagos nadie necesita trabajar. No hace falta. Todas las necesidades materiales están cubiertas.

Por supuesto, no es éste el nombre que le pusieron a la ciudad los que la construyeron. Su nombre real es Nugum Alsaira, Estrellas del desierto. Pero en uno de estos programas en los que el periodista entrevista espontáneamente a gente que encuentra por la calle, un señor con gorra, cayado y algo duro de oído, al ser preguntado, exclamó serio y disgustado “¿El qué? ¿Una ciudad donde nadie trabaja? ¡Pues deben ser muy vagos ahí!”.

El comentario se extendió como un virus, en su formato original, o adaptado en forma de chiste o chanza. Nugum Alsaira constituía un concepto incómodo, difícil, una disonancia cognitiva dolorosa para las personas que tenían que levantarse cada día para cumplir con su trabajo. Hasta ese momento, el proyecto había sido criticado y descalificado como elitista, caprichoso, ‘friki’, megalómano o cosas peores. Pero a partir del comentario del señor Eleuterio, cuando alguien hablaba de Nugum Alsaira, automáticamente otro decía ‘Ah sí, la ciudad de los vagos, ¿no?’ y la risa era general. Y cualquier tensión o incomodidad desaparecía.


Trash soñaba con una ciudad en la que no fuese necesario trabajar. Desde pequeño se entretenía desmontando y volviendo a montar a su manera los juguetes defectuosos que su padre traía de la fábrica, y mientras construía con las piezas de esos juguetes sus primeros y abigarrados ingenios voladores, soñaba con la existencia de un lugar en el cual no tuviese que levantarse cada mañana para ir a trabajar, como hacían su padre y su madre, y pudiese dedicar todo el tiempo a lo que a él le apeteciese.

Aún se mantenía viva su ilusión cuando realizó los primeros diseños de cuadricópteros o cuando comenzó a comercializar con bastante éxito su propia versión de ‘pájaro espía’, idóneo para troleos, exploración y recopilación de información, gracias a su eficiencia y estabilidad, a su nivel inusualmente bajo de ruido y a su potente AI.

Cuando Amazon se interesó por la aún pequeña, pero ya puntera y vanguardista empresa de fabricación de cuadricópteros Dirty drones, Trash no podía imaginar que estaba dando los primeros pasos hacia la realización de sus sueños.

En aquellos momentos, a Trash el dinero no le interesaba, ni tenía el menor interés en obedecer órdenes de nadie. Pero le pareció una oportunidad estupenda para aprender y entrar en contacto con verdaderos monstruos de la tecnología. Pero claro, por supuesto, sin perder independencia ni el control de su propia empresa. Diez meses más tarde, Amazon había absorbido toda la tecnología desarrollada por Trash en aquellos años, Dirty drones ya no existía, y los abogados de Trash y los del gigante logístico dirimían sus diferencias en los pasillos de los juzgados. Finalmente, Trash resolvió su vinculación con Amazon, aunque no podría volver a construir drones en el futuro. Pero tenía dinero en el bolsillo y experiencia en la mochila. Y el negocio de los drones formaba ya parte del pasado. Desde hacía sólo unos meses, los coches autopilotados de Google podían ya moverse libre (y legalmente) por las grandes ciudades del país, y esto auguraba nuevas oportunidades para el ingenio de Trash.

Trash llevaba tiempo trabajando en su LittleT, un pequeño robot con cuerpo en forma de cubo de basura y aspecto infantil, capaz de subir escaleras, de utilizar ascensores y de abrir puertas. Guardaba en su interior paquetes que liberaba tras identificación mediante tarjeta de crédito o eDNI. El complemento ideal para los vehículos de reparto que google estaba desarrollando. Una historia de amor a ciegas que desembocó en la primera competencia seria de logística a Amazon.

Después del LittleT, vino el BigT, una armadura móvil para paquetes voluminosos, y después los primeros modelos de HWorkers, HCleaners y HCookers.

Pero a pesar de sus indiscutibles éxitos, para Larry, Marc y el resto de miembros del exclusivo club de los nuevos Silicon Gods, Trash no era más que un habilidoso mecánico, aún más sorprendente viendo su oronda silueta y sus cortos y regordetes brazos, acabados en unas manos redondas con dedos gruesos y aparentemente torpes. Por eso cuando les propuso la idea de crear su ciudad de los sueños, no se lo tomaron en serio. Pero para Trash no existía la palabra decepción o fracaso, y menos ahora, que disponía de una idea muy desarrollada y precisa de qué era lo que quería construir, y también de dinero abundante (aunque no suficiente) para hacerlo.

Larry y compañía desdeñaron su idea. Además, ¿quién iba a querer vivir en una ciudad en la que no había que trabajar? Pero otros sí pensaron en que podía tratarse de una idea interesante. Algunos con nombres cortos y frikis como el suyo, y también voluminosas barrigas y abultadas carteras. Y también alguno con la cabeza en la luna, o más concretamente en Marte y en una carrera espacial por ser el primero en poner en marcha una colonia allí.

Así, poco a poco, lentamente, Trash consiguió apoyo para su proyecto, y la implicación de personas, empresas e instituciones diversas y dispares, que consideraban que su proyecto era, para algunos, una disparatada idea visionaria, para otros,  la posibilidad de llevar a cabo su propio sueño, y para algunos más, la oportunidad perfecta para desarrollar innovaciones, tanto tecnológicas como sociales, que iban a necesitar probablemente en breve.


Adquirir un trozo del desierto del Sahara al gobierno de Egipto e iniciar una campaña de promoción y de búsqueda de patrocinadores y mecenas que quisieran colaborar en el proyecto fueron pasos que se dieron de forma rápida y sin demasiados contratiempos. También preparar la campaña para la ‘captación’ de los futuros pobladores de Nugum Alsaira, basada en una especie de macro selección de candidatos, con importante impacto mediático, que les permitiría recoger fondos tanto de las inscripciones de estos candidatos como de las cadenas de televisión que los retrasmitiesen.

Después, los dos grandes macroproyectos de ingeniería que había que acometer para preparar el terreno a la nueva ciudad. El primero de ellos, el canal de Matruh, el larguísimo canal subterráneo entre el mar y la depresión de Qattara donde se ubicaría la ciudad. El primer reto y uno de los más desafiantes y arriesgados, por su magnitud y dificultad. Y el primer éxito del proyecto, al ser construido exclusivamente por robots autónomos, diseñados expresamente para este cometido.

El segundo, construir el inmenso invernadero de vidrio fotovoltaico que debería proteger de la evaporación el mar artificial interior, alimentado por el canal de Matruh. También la propia ciudad de Nugum Alsaira estaría dentro de este invernadero, para proteger sus instalaciones de la erosión del desierto y para mantener una humedad y una temperatura aceptables. Más allá del invernadero, se preveía plantar vegetación resistente a climas extremos, alimentada mediante un sistema de riego subterráneo muy optimizado, con la idea de convertir los alrededores de Nugum Alsaira en algo parecido a un oasis. Los vidrios fotovoltaicos que formarían el invernadero suministrarían la energía suficiente para satisfacer las necesidades de la ciudad.

El canal se finalizó, y el agua comenzó a brotar en el lecho del futuro mar interior, mientras los operarios completaban el sellado hermético de los paneles y comprobaban la captación de luz solar.

En el subsuelo se dispusieron diferentes niveles de producción de alimentos, siguiendo planteamientos de alta eficiencia. A varios quilómetros de distancia se ubicaron, también en el subsuelo, las pantas de producción automatizada, que deberían tanto abastecer a la ciudad, como producir un importante superhábit para su exportación, y así sufragar los gastos externos y, si fuese posible, amortizar parte de la importante inversión realizada.

La construcción de las viviendas, de los parques, jardines y demás equipamientos de la ciudad siguió el cauce acostumbrado, realizada en la penumbra del interior del invernadero fotovoltaico.

Trash paseaba por la que sería la avenida principal de la futura ciudad, que desembocaba en la Gran Biblioteca, edificio central de la futura administración y símbolo de la información y el conocimiento. El ambiente agradablemente cálido bajo los filtrados rayos del sol, la leve brisa artificial, la sombra de los árboles plantados recientemente, aún con el tronco cubierto de cartón, y el olor de la tierra húmeda acabada de remover le proporcionaban una sensación de vivencia que contrastaba contra la irrealidad de encontrarse en una isla en medio de un desierto ardiente e inhóspito.

El sueño se convirtió en realidad, los edificios se concluyeron, y la ciudad comenzó a cobrar vida. En el interior de la ciudad regían las leyes de la República Árabe de Egipto. Sin embargo, ninguna autoridad estatal estaba presente para hacer respetar su cumplimiento. En realidad, ni siquiera el propio Trash constituía una autoridad, al menos formalmente, en la nueva ciudad. Ésta era propiedad del conglomerado de empresas y fundaciones que habían participado en el proyecto, y eran los que determinaban el funcionamiento operativo de la ciudad. O más adecuadamente, su diseño. Una vez en funcionamiento, la ciudad se regía a ella misma, en base a criterios de eficiencia y oportunidad, y con el objetivo de satisfacer las necesidades de los ciudadanos. En cuanto a éstos, pocas y claras reglas, enfocadas en garantizar la convivencia y las libertades individuales.


– Pero su ciudad, perdone que le diga, es un claro ejemplo de utopía.

Trash miró a su interlocutor con apatía, desagrado y algo de desprecio. No acostumbraba a aparecer en los medios de comunicación, y cuando esto sucedía, lo hacía con evidente desgana. Y más aún ante preguntas como ésta.

– Mira, escúchame, pequeña lombriz – Trash se inclinó hacia delante y señaló con su grueso dedo índice directamente al tertuliand que le había interpelado – ¿Cómo será la ciudad que construirás en la Luna, en Marte, en Phobos, en Europa? ¿Como la tuya? O quizás te aprovecharás de mi experiencia y de las innovaciones que estamos desarrollando, ¿eh, gusano hipócrita? ¿O de qué te piensas tú que va todo esto?

Y ante los ojos atónitos de su interlocutor, Trash, en medio del debate televisado en directo, levantó su gran peso del asiento que ocupaba, con más facilidad de la que por su gran volumen cabría esperar y buscó con la mirada algún técnico por los alrededores.

– ¡Eh! ¡Tú! Ven a quitarme el trasto de micrófono este, que yo me voy ya de este burdel.


Sin embargo, a pesar de su mal carácter, al menos en televisión, Trash era un buen conciudadano. Y esto era importante, en una ciudad que pretendía que todos sus habitantes se conocieran entre ellos. Este conocimiento buscaba acabar con cualquier posible anonimato, en prevención de altercados o conflictos. En una ciudad altamente tecnificada, cualquier acción delictiva quedaba registrada de una forma u otra. En estos casos, si el acto era suficientemente grave, eran los propios conciudadanos los que ponían a disposición de las autoridades egipcias al infractor, para que fuese juzgado según el código penal vigente.

En los primeros años de funcionamiento de Nugum Alsaira, los conflictos se sucedieron con inusitada frecuencia, hasta el punto de ser necesaria la incorporación de un cuerpo de guardias de seguridad privada. Pero a partir del tercer año, la conflictividad y los episodios de violencia fueron reduciéndose con rapidez, y la presencia de guardias de seguridad dejó de ser necesaria.

Para Trash y para el resto de sus colegas, que Nugum Alsaira sería un proyecto deficitario no era ningún misterio. Las plantas de producción que habían implantado permitían el abastecimiento básico de la ciudad, la financiación de las materias primas que hacía falta importar y también conseguir algunas divisas gracias a la exportación, pero un flujo insuficiente de dinero para hacer frente a cualquiera de las múltiples situaciones imprevistas que se daban, mucho menos para devolver la inversión inicial que se había realizado.

Que Nugum Alsaira era una ciudad totalmente automatizada no era totalmente cierto. Requería de intervención humana en toda una serie de tareas cuya automatización era disparatadamente cara o simplemente inviable. Para Trash, la solución a esta tarea era la incorporación de operarios externos a la ciudad, aunque sus socios proponían crear unas cuotas de servicio, y que fuesen los propios ciudadanos los que se hiciesen cargo. Finalmente, optaron por probar una solución intermedia: ofrecer a los ciudadanos la posibilidad de realizar estas tareas, y si no había suficientes voluntarios, contratar operarios externos. Pero los voluntarios fueron bastante más que suficientes.

A parte de este trabajo voluntario, la ciudad no tenía más necesidades, más allá de las que los propios habitantes quisieran crear o satisfacer. Uno de los ciudadanos, padre de dos hijos, se acercó en una ocasión a visitar a Trash.

– Mira Trash, hay una cosa que te has olvidado de hacer. No hay escuelas. Ni una. Y hacen falta unas cuantas.

-Crealas pues.

El visitante se quedó sorprendido por la respuesta de Trash, y se quedó unos segundos sin saber qué responder. Después, comenzó a reflexionar en voz alta.

– Quizás sí. Quizás podría ser posible. Una escuela pordría enseñarles cosas interesantes a los niños de esta ciudad – guardó silencio durante unos instantes – . Pero no tengo demasiado claro que los niños y niñas quisieran venir. Quizás sus padres podrían obligarles, o tú poner esta norma.

– Tú crea una escuela, si quieres. Y que los niños vayan si les apetece. En esta ciudad nadie está obligado a hacer algo que no desee. Ni los adultos, ni mucho menos los niños.


Pero que no fuese necesario trabajar, no quería decir que estuviese prohibido. Las ocupaciones en el interior de la ciudad difícilmente podrían encajar en el concepto clásico de trabajo o empleo, y se articulaban más bien como intercambios o colaboraciones privadas. Pero las comunicaciones y la tecnología permitían que los habitantes de Nugum Alsaira colaborasen en empresas e instituciones de cualquier parte del mundo. Eran muchísimos los trabajos que podían realizarse de forma no presencial, si se disponía de buenos equipos informáticos y de una conexión de calidad. Y esto, en Nugum Alsaira estaba al alcance de la mano. En un primer momento, las empresas extranjeras se mostraban reticentes a contratar a habitantes de ‘la ciudad de los vagos’, pero poco a poco los resultados iban demostrando que contar con la colaboración de alguien de Nugum Alsaira no era un mal negocio.

Los trabajos realizados al exterior por los cuales se recibía un emolumento eran grabados por un impuesto en la ciudad, ‘castigando’ a quien quisiera trabajar. En poco tiempo, suponía una fuente de ingresos muy importante, de forma que permitía incluso comenzar a ‘devolver’ la inversión realizada inicialmente.

Con el paso de los años, comenzó a hacerse visible que las aportaciones profesionales de los habitantes de Nugum Alsaira tenían una incidencia e importancia superior a la media, con importante impacto también en diferentes ámbitos culturales. Esto era cuanto menos curioso proveniente de una ciudad en la que no era necesario trabajar, y fue motivo de estudios y análisis por parte de psicólogos, sociólogos y expertos en gestión de empresas. La pregunta era: ¿cómo es posible que personas sin motivaciones fuesen más productivas que otras que necesitaban trabajar para subsistir?

Los análisis eran diversos y contemplaban hasta las posibilidades más exóticas. Una postura que recibió muchos apoyos y que se presentaba con fuerza explicaba el fenómeno en base a la teoría de las necesidades de Maslow, argumentando que los habitantes de Nugum Alsaira tenían los niveles de necesidades básicas satisfechos y podían dedicarse a potenciar su autorealización. Sin embargo, finalmente la tesis que ganó más peso fue la que defendía que Trash había realizado una selección precisamente  con el objetivo de escoger a los mejores profesionales para después poder ‘vender’ su producto.

Trash no se dignó a defenderse ante estas acusaciones. Sin embargo, a quien le preguntaba le contestaba con gesto de desprecio. Y si insistía, quizás le respondía con un ‘¿eres tonto? Si fuese como dicen, el efecto habría sido más intenso durante los primeros años, y después se volvería más leve. Sin embargo, cada vez es más fuerte.”

Y el debate continúa, reavivándose cada vez que nuevas aportaciones provenientes de Nugum Alsaira salían a la luz. ¿Fueron estos hombres y mujeres escogidos conscientemente por Trash, o fue la ciudad la que los creó?

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