El tío Mañas

Cuenta mi padre que en una ocasión, cuando aún no había cumplido los diez años, su padre, que vendría a ser mi abuelo, lo mandó al pueblo con dos mulos cargados de carbón.

Mi padre, por aquel entonces un mocoso de nueve años de edad, pero con el tamaño de un niño de seis, al verse al lado de las enormes bestias, con tres sucios sacos de negro carbón cada una sobre su lomo, no pudo evitar sentirse algo turbado.

– Padre, si se cae un mulo y tira la carga, ¿cómo se la pongo de nuevo?

Mi abuelo lo miró con rostro serio, algo severo.

– Si se te cae la carga – le dijo – llama al tío Mañas.

Mi padre no conocía a ningún tío Mañas, y tampoco tenía idea de qué debería estar haciendo el susodicho tío en el camino al pueblo para encontrarse dentro del alcance de su llamada cuando lo necesitase. Pero esto era lo que su padre le había dicho, y esto era lo que pensaba hacer.

Inició el camino hacia el pueblo lentamente, bajando por el tortuoso sendero que conducía al valle, acompañando a los robustos animales que realizaban el recorrido de memoria y sin oposición. Se acercaban ya al arroyo que debían badear cuando una de las bestias trastabilló y arrojó su carga al suelo, con no mucho estrépito, pero sí gran espanto para el niño que impotente observaba el desaguisado.

Intentando mantener la calma y conteniendo con dificultad las lágrimas, el niño se serenó y comenzó a hacer aquello que su padre le había dicho. Con voz tímida, un tanto vergonzosa, empezó a llamar al tío Mañas.

– ¡Tío Mañas!, ¡Tío Mañas!

Pero al no obtener respuesta fue progresivamente subiendo el tono de su voz, hasta que sus gritos debían oírse fácilmente a una buena distancia. Trepó por la ladera que se alzaba a su derecha, hasta llegar a lo alto de un pequeño promontorio, desde donde continuó su deseperada llamada.

Había pasado ya casi una hora, y el sol avanzaba amenazante por el cielo, descontando el tiempo que restaba hasta que cayese la noche. Si el tío Mañas no se apresuraba, no tendría tiempo de llegar al pueblo y debería regresar a casa sin entregar la carga.

Mientras esperaba, cansado ya de los infructuosos gritos, el niño empezó a recoger palos, pequeños troncos y ramas rotas de los alrededores. Pensó que con ellas podría improvisar una rampa por la cual subir los sacos al lomo del mulo. Pero aunque la rampa resultante tenía una longitud de más de dos metros y a pesar de que presentaba una solidez más que aceptable, la inclinación era excesiva como para permitir ninguna esperanza de éxito.

Apartó la rampa y tomó de la cuerda al dócil animal. Lentamente y con sumo cuidado, hizo descender al animal unos pasos fuera del camino y le pidió, mirándole suplicante a los ojos, que no se moviese. Entonces, mientras el animal le observaba con curiosidad, el niño arrastró la rampa y la colocó  a modo de puente entre el camino y el lomo del muro. Aún quedaba una cierta inclinación que debería salvar, pero mucho más leve.

Ahora, sólo quedaba hacer girar los sacos hacia la rampa y empujarlos sobre el paciente animal que observaba entretenido los constantes esfuerzos del niño. Poco a poco, uno tras otro, los sacos fueron encontrando su camino hasta el lomo del mulo, donde los sujetó como mejor pudo. Una vez asegurada la carga, condujo a la bestia de nuevo al camino, donde trozos de carbón y algunas marcas de hollín daban cuenta de lo sucedido.

– Lo siento por el tío Mañas – pensó – pero yo ya no puedo entretenerme más -. Y continuó su camino en dirección al pueblo.

Era ya de noche cuando regresaba a su casa, sucio y cansado además de hambriento. Su padre le esperaba en la puerta, severo el rostro, alguna muestra de impaciencia en sus ademanes, y quizás una leve señal de intranquilidad y temor en sus ojos, substituídas por un fugaz alivio al ver aparecer a su hijo tras el último recodo del camino.

– Usted ha dicho mentira, padre – dijo el niño, cansado, asustado y lleno de reproche.

– Niño, ¿cómo te atreves? ¿cómo que yo he dicho mentira?

– Usted ha dicho mentira, padre – replico el niño, sin poder contener ya las lágrimas -, porque dijo que si se me caía la carga vendría el tío Mañas a ayudarme. Y el mulo tropezó y no vino nadie a cargar los sacos.

– ¿Y qué pasó entonces? ¿Dónde está la carga?

Y el niño explicó cómo había estado llamando al tío Mañas hasta quedarse sin voz, y que al ver que no venía y que el día avanzaba, había fabricado una rampa y le relató cómo había cargado de nuevo los sacos y los había llevado al pueblo.

– Ese – dijo lentamente su padre -, ese era el tío Mañas.

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