El perpetuo insatisfecho

Los dioses, en la noche de los tiempos, otorgaron a nuestra especie un don misterioso, que es a la vez nuestra mayor fortaleza y nuestra peor condena.

En una fulguraz carrera, el homínido sanguinario de pelo ralo ha desplazado a fieras y elementos y se ha aposentado en el trono que lo señala como el más chulo del barrio.


Pero la broma cruel que unos dioses sin escrúpulos decidieron gastarle no tiene piedad, y desde su trono privilegiado, el hombre no descansa. Su suprema posición sólo supone un instante de satisfacción. No puede saborear su triunfo, pues sus mayores logros le producen la misma sensación que un trozo de corcho en su boca.

Vencidos sus enemigos naturales y dominadas las fuerzas de la naturaleza, se gira a su alrededor buscando nuevos desafíos. Y sólo los encuentra con los de su propia especie, contra los que se lanza con desmedida fiereza y aguzado ingenio. Pero como el sátiro que ha perdido la sensibilidad de sus órganos genitales, cada nueva victoria no hace sino alimentar aún más las llamas de su propia insatisfacción.

La macabra tragedia se ha adherido a la historia del hombre. Un encantamiento eterno que convierte en cenizas todos los logros y que nos obliga a mirar siempre al frente, en una contínua y cada vez más vertiginosa huida hacia delante, dejando tras de nosotros la tierra quemada testimonio de nuestro paso.

Voraces insaciables, dibujamos nuestra propia esencia en las historias de vampiros y zombis de nuestra cultura, escondiendo detrás de la máscara de los monstruos nuestras más impías pasiones, en un intento de alejar de nosotros el hambre caníbal y la sed implacable.

Nuestro castigo es también una fuerza divina puesta en cuerpos débiles y mortales, que se queman y destrozan por la potencia de este poder. Un poder que en pocos miles de años ha mostrado su capacidad y ha dejado en evidencia los postulados de Darwin, substituyéndolos por una desbocada evolución artificial en contínua aceleración.

Pero el ser humano, atrapado en el voraginoso vértice que él mismo ha provocado, ha desarrollado sus propias armas para protegerse de la maldición divina. El conocimiento y el aprendizaje le permiten invocar las runas espirituales de la salvación. No lo suficientemente potentes como para librarse de la maldición, pero sí lo bastante como para poder poner una cierta distancia y observar el fenómeno en conjunto, entendiéndolo y entendiéndose a sí mismo y perdonándose por lo que está a punto de provocar.

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