El hijo del mundo

Martín se levanta temprano. Se viste y baja a la cocina, donde su padre le sirve un vaso de zumo. Martín dice que le apetecen croissants, con lo que, con decisión, se dirige a la puerta de la vivienda y sale al exterior. Sus padres le oyen bajar las escaleras corriendo, con la vitalidad de sus siete años recién cumplidos. Se miran con complicidad, y se dirigen corriendo a la ventana de la habitación más septentrional de la vivienda, desde la que pueden ver la calle y también el portal del edificio. Sonriendo, observan a Martín alcanzar la acera y lanzarse sin mirar a la calzada por la que circula el intenso tráfico urbano.

Pero el sistema de detección de obstáculos ha percibido su presencia nada más poner un pie en la calle, y los vehículos automáticos, conectados a este sistema, han reducido su ya de por sí moderada velocidad inmediatamente, deteniéndose completamente cuando se hizo evidente para el sistema la intención de Martín de invadir la calzada. Los pasajeros de los vehículos automáticos, lejos de sentirse molestos por la interrupción, aprovechaban la ocasión para bajar de los vehículos y saludar a Martín. El niño, acostumbrado a ser el centro de atención allí por donde pasaba, respondía a los saludos con un descuidado movimiento de su mano, cortés, pero no demasiado atento.

Martín alcanzó el otro lado de la calzada y continuó su carrera por la cera contraria, hasta alcanzar la pastelería del distrito. Allí, el holograma de un tendero virtual le atendió, llamándole por su nombre después del consabido reconocimiento (y análisis por contacto) palmar. Martín pidió croissants, y el virtual asistente le recomendó comer con prudencia este tipo de alimentos, reconociéndole a continuación que su salud era buena y que no había ni excesos de azúcar ni de grasa en su sangre.

Martín volvió a cruzar la calle, para desespero del sistema de detección de obstáculos, que se vió obligado a volver a detener el tráfico, y se dirigió a un pequeño parque cercano. El día era luminoso y soleado, y a su alrededor, personas de ambos sexos que aparentaban unos treinta años, aunque su edad real era imposible de determinar, paseaban, conversaban, consultaban sus terminales o simplemente disfrutaban del fantástico clima. Martín se sentó en un banco y abrió la bolsa de croissants. Una mujer, delgada aunque bien formada, de ojos agradables y cabello pelirrojo, se acercó y le saludó.

– ¡Qué suerte tuvieron tus padres! – le dijo – El día del concurso, todos estábamos desando ser los afortunados. Pero les tocó a ellos.

Martín se introdujo el extremo de uno de los croissants en la boca y lo mordió. la señora continuó hablando.

– En verdad, que me dan mucha envidia. Pero estoy contenta de que vivan en mi mismo distrito. Así puedo verte. – y le guiñó un ojo. Martín sonrió mientras masticaba el trozo del croissant que había mordido y le devolvió el guiño.

– ¿Quieres jugar a construir? – le preguntó Martín a la señora.

– ¿Yo? – preguntó algo azorada – ¿De verdad? ¡Por supuesto! ¡Qué ilusión!

Martín inició el programa de construcción de sus lentes holográficas, que a pesar de encontrarse ya en la versión 14, no había perdido aún la esencia minecraftiana original. La señora activó la conexión de proximidad de las suyas, y ambos se pusieron a jugar en el suelo con el mundo virtual de bloques, animales, vehículos de juguete y máquinas de construcción diversas. Las personas que pasaban activaban también la conexión de proximidad al acercarse, y sonreían observando las estructuras holográficas que se desplegaban por el suelo del parque. Máquinas de extracción, vagonetas, un pequeño poblado, el castillo de un rey enano y su séquito, una montaña en la que unos dragones se retaban mutuamente…

– ¿No echas de menos jugar con otros niños? – preguntó la señora. Martín la miró y sonrió.

– ¿Cómo los voy a echar de menos si no he visto nunca ninguno? – contestó.

– Es una lástima que no tengas ningún amiguito con el que jugar – dijo un señor alto y fornido que los observaba.

– En tu mano está que pueda tener uno – le dijo con cierta insolencia un hombre algo más bajo que se mantenía a cierta distancia apoyando la espalda en un árbol.

– Gracias, pero no tengo ganas de morirme todavía – contestó el primero.

– Pues sin vacantes no hay niños – replicó el del árbol.

Martín miró la bolsa de croissants.

– Tengo que irme – dijo, mientras se levantaba y accionaba la opción de guardar del programa de construcción.

– Ha sido un placer jugar contigo – dijo la mujer.

Martín se acercó a ella y la abrazó. Después saludó con la mano dirigiéndose a la gente que poco a poco había ido congregándose a su alrededor y se dirigió de regreso a casa. Sus padres le esperaban en la cera, en la entrada del edificio. Cuando le vieron acercarse se miraron y sonrieron, compartiendo el sentimiento de ser las personas más afortunadas del mundo.

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