El capitalismo excluyente

La máxima del capitalismo, ‘a mayor productividad, mayor empleo‘, ha dejado de ser válida. Tradicionalmente, un incremento en la productividad, se traducía en una reducción de precios que ponía el producto al alcance de un sector muy amplio de la población, y provocaba un fuerte incremento de la demanda, con la consiguiente creación de empleo.

Actualmente, sin embargo, estos incrementos de productividad, basados a menudo en la incorporación de nuevas técnicas de automatización y, más recientemente, de AI, suponen directamente y en un primer momento la destrucción de puestos de trabajo. La reducción de precios también comporta una reducción de beneficios para las empresas. Y un mercado saturado ya incapaz de estimularse con esta bajada de precios, no reacciona con un incremento significativo de demanda, con lo cual, el resultado neto es una reducción creciente de puestos de trabajo.

En una sociedad capitalista, existen diversos flujos de capital entre población y empresas. Ascendente en base a beneficios, descendente en sueldos e impuestos. Los sueldos constituyen un flujo directo, y los impuestos un flujo indirecto. La progresiva desaparición de puestos de trabajo, que avanza inexorablemente cabalgando a lomos de los avances tecnológicos, cierra paulatinamente una de estas vías descendentes. Las necesidades de fuerza de trabajo de las empresas ya no son satisfecha directamente por el empleo de personas. Primero se interpuso el body shoping, y ahora, cada vez más, la mano de obra es de plástico y metal, en lugar de carne y hueso, y es proporcionada por otras empresas. El flujo de capital constituído por sueldos que alimentaba una amplia clase media, se redirige paulatinamente hacia otras empresas, propietarias, diseñadoras, productoras o instaladoras de la maquinaria y la tecnología utilizadas.

El capitalismo, que en su auge ha inundado todos los estratos sociales, poco a poco va retirándose, alejándose de la masa social, volviéndose cada vez más endogámico. Las diferencias entre ricos y pobres, a nivel económico, son cada vez mayores. El capital va acumulándose y concentrándose en la parte superior del estrato social, abandonando la parte inferior e incrementando la desigualdad. El sistema educativo, en el cual unos y otros confían como panacea para solución de todos los problemas de nuestra sociedad, se convierte simplemente en un escaparate meritocrático, en el que las empresas pueden escoger aquellos talentos que destacan con brillo propio, para incorporarlos a su selecto y exclusivo club, cubriendo los escasos y exigentes puestos de trabajo humanos que aún son necesarios. Pero no da ninguna respuesta a la cada vez mayor masa de personas que no fueron escogidas para jugar el partido.

Así, un capitalismo cada vez más elitista y minoritario, que expulsa de su seno a legiones de otrora apreciados trabajadores, también se aleja a su vez de una cada vez mayor masa social, que, desencantada de los vacuos cantos de sirena del materialismo acérrimo en el que se han educado, abrazan el agnosticismo económico y apostatan de la zanahoria monetaria.

Pero… abandonados a nuestra suerte por el paternal capitalismo que ha cuidado de nosotros durante los últimos doscientos años, ¿qué futuro nos espera, si no podemos confiar en nuestro trabajo para conseguir nuestro sustento?

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