Desvelando el misterio de los niños índigo

En los años 80, en los Estados Unidos, una conocida espiritualista norteamericana de nombre Nancy Ann Tappe, que aplicaba terapias con el color, comenzó a notar que los niños tenían una coloración azul violeta en las capas más exteriores de sus auras, cosa que nunca había visto antes. Intrigada, decidió investigar más profundamente y comenzó a reconocer características comunes en todos estos pequeños. Mayor inteligencia, mayor energía, mayor espiritualidad. Bautizó a esos niños como niños Índigo.

Cabalgando la ola

Este concepto ha prendido como hierba seca en el amplio movimiento ‘new age’ que se extiende por el mundo entero,  dando una explicación ‘lógica’ a sentimientos y sensaciones compartidos, experimentados por padres de hijos que sufren para adaptarse a una sociedad que no entienden, y por esos niños cuando crecen e intentan hallar una explicación a las penurias y sacrificios soportados.

El advenimiento de estos niños es interpretado como la fuerza que ha de motivar un gran cambio en una sociedad enferma.

Identificarse uno mismo o al propio hijo como ‘niño Índigo’, y por tanto partícipe de un plan infinito de inconcebibles consecuencias puede permitir sobrellevar con holgura, incluso con orgullo,  las renuncias padecidas.

 

Un ducha de sentido común

Fuera de la Nueva Era este fenómeno es considerado un mito pseudocientífico, porque carece de evidencia científica aceptable. La creencia en la existencia de niños índigo se asocia habitualmente a reacciones paternales que surgen frente a la pedagogía y psiquiatría modernas. Una de las causas observadas más frecuentemente es el pánico moral que surge en los padres al tener que enfrentar una terapia psiquiátrica medicada para sus niños. También el detonante podría derivarse del rechazo a diagnósticos de psicopatologías polémicas o de nuevo cuño, cuando éstas son adjudicadas a los hijos, especialmente ante casos de hiperactividad, autismo y síndrome de déficit atencional.

 

Los extremos se tocan

Desde ciertos enfoques de la Nueva Era, se aprovecha el fenómeno Índigo para justificar y promover planteamientos esotéricos, teleológicos o higienetistas.

Desde la perspectiva ‘oficial’, a menudo se utiliza este uso ‘espiritualista’ para revocar, desde una perspectiva racional y científica, la existencia de este fenómeno.

Tanto una como otra postura constituyen las dos caras de una misma moneda, ancladas en convencimientos ideológicos y dando la espalda a las circunstancias que, entre estos posicionamientos distantes, se estén dando.

 

En el país de los ciegos el tuerto es el rey

O al menos así reza el refrán. Pero es falso. En el país de los ciegos, el tuerto es encerrado o, en el peor de los casos, quemado en plaza pública tras la oportuna sesión de tortura y exorcismo.

Yo no veo auras (ni azules ni de ningún color) alrededor de la gente. Pero no por ello voy a quemar a Nancy en la hoguera (al menos no por ahora), y más teniendo en cuenta que está hablando por colores, los cuales no existen más allá de nuestra interpretación (el cielo no es azul, ni los árboles verdes, si no que reflejan ondas electromagnéticas determinadas, las cuales tienen como atributos cosas como intensidad, frecuencia o longitud de onda, pero no colores). Quizás Nancy sea tuerta, o quizás su descripción de las auras de color sea una metáfora, o incluso una interpretación, de un fenómeno que percibe, y para el cual no dispone de una explicación.

 

¿Los niños están cambiando?

El efecto Flynn, nombre con el que se hace referencia al fenómeno de la variación del coeficiente intelectual a lo largo del tiempo, observado por James Flynn después de recopilar una ingente cantidad de resultados de test de CI desde el principio de la realización de este tipo de test, nos describe un incremento constante de este coeficiente durante el periodo documentado de unos 3 puntos cada diez años. Según se desprende de su estudio, y del resto de estudios que se han realizado al respecto, los hijos son entre 6 y 8 puntos más inteligentes que sus padres.

No todos los cambios que percibimos se corresponden con aspectos a priori positivos. Otros factores también están evolucionando, cambiando. Un progresivo incremento de la conflictividad en las escuelas. Fracaso escolar. Desafección creciente. Aparición del fenómeno ni-ni…

También es necesario hacer referencia a la aparición y continua expansión de una legión de trastornos de comportamiento y de aprendizaje que afectan a una cantidad enorme de niños. Prevalencias descomunales (diferentes estudios estiman en un 10% el número de niños estadounidenses que padecen TDAH, un incremento de un 23% desde el 2003) que harían palidecer a muchas de las epidemias más mortíferas que han asolado la humanidad.

Desde la interpretación de los niños índigo, estos cambios responderían a la presencia cada vez más numerosa de estos niños en nuestra sociedad, y a la inadecuación de ésta a las necesidades de estos nuevos niños, que responderían a esta inadecuación con diferentes estrategias: los niños índigo rebelándose, y los niños cristal aislándose.

Si estamos observando una variación en la relación, en el encaje niños-sociedad, o es porque la sociedad está cambiando, o es porque lo están haciendo los niños.

La sociedad está cambiando, por supuesto. Pero posiblemente más hacia la inclusión, integración, aceptación de la realidad infantil, que no en sentido contrario. Cada vez se dedican más esfuerzos y recursos con este objetivo, y se persigue el cambio, la adaptación de realidades sociales como por ejemplo las escuelas a las nuevas necesidades de los niños. Pero este cambio social es demasiado lento para dar respuesta a estas nuevas necesidades.

Supondremos entonces que sí, que realmente los niños están cambiando. Si es así, ¿a qué responde este cambio? ¿cuál es la causa que lo provoca, que lo motiva?

Desde la perspectiva ‘new age’, la explicación es obvia: estos niños están aquí con un propósito, un objetivo, una meta. Ésta es la razón de su advenimiento, la realización de un plan determinado.

Pero esta explicación no nos sirve. Cualquier planteamiento teleológico (orientado a un objetivo) comporta necesariamente la existencia de una entidad superior, que interviene en el plano humano para que ese plan preconcebido avance. Explicar el fenómeno de los niños índigo en base a un ente (sea espíritu, energía, dios, o universo) no desvela el misterio, sino que agrega uno nuevo, aún mucho más complejo.

Buscaremos entonces una explicación que haga honor al título de este artículo y realmente desvele, y no oscurezca.

 

Una pirámide en la que apoyarse

Abraham Maslow propuso en 1934 su teoría psicológica sobre la jerarquía de las necesidades, una teoría sobre la motivación humana. Según su teoría, las necesidades humanas se organizan en niveles. Para ejemplificar su teoría, ideó su famosa pirámide de necesidades, con cinco escalones que se corresponden con los cinco niveles de necesidades: fisiológicas, de seguridad, de aceptación social, de autoestima y de autorealización.

Vamos a ver cómo el planteamiento jerárquico de necesidades de Maslow puede ayudarnos a explicar el fenómeno índigo.

Un niño que nace en la sociedad occidental actual lo hace en un entorno en el que (normalmente) los tres primeros niveles de necesidades definidos por Maslow están sólidamente resueltos. Esto permite a estos niños pasar directamente a ocuparse del cuarto nivel, el de autoestima, y poner todas sus energías en ello.

Sin embargo, vivimos en una sociedad muy directiva, fuertemente reglada, en la cual está rígidamente establecido cuál ha de ser el comportamiento y la ocupación de la población. Esta ocupación está dominada por dos actividades principales: estudiar y trabajar. Así, está estipulado que los niños han de dedicar, desde una edad muy temprana, gran parte de la jornada a estudiar. Esta actividad puede no coincidir con su esquema interno de necesidades, y no mostrarse demasiado dispuestos a llevarla a cabo. Es práctica habitual en nuestra sociedad utilizar diferentes estrategias para motivar a estos niños en la realización de las actividades estipuladas. Esta motivación es necesariamente extrínseca, basada en el premio y el castigo, que a menudo nos conecta con el miedo: miedo a recibir un castigo, miedo a perder un premio.

El miedo es la motivación asociada a las necesidades de seguridad, las del segundo nivel. Obligar a estas personas que están luchando por satisfacer sus necesidades del cuarto nivel (autoestima, confianza, reconocimiento social, aceptación) a trabajar ahora necesidades de segundo nivel supone una regresión que es difícilmente aceptable. No sólo porque se trata de necesidades que no reconoce como propias, sino porque mientras trabaja en este nivel, no puede continuar progresando en el cuarto nivel, el que siente como propio.

Esta discrepancia de niveles puede explicar algunos de los efectos  observados, como la desafección, el fracaso escolar, y otras circunstancias similares. Pero el fenómeno índigo es más profundo, intrínseco, físico, forma parte del niño, de su propia constitución. Difícilmente puede ser explicado en base a una discrepancia a nivel de necesidades

 

Jay Belsky se destapa

Durante la década de los 80 Jay Belsky, psicólogo del Bircbeck College (universidad de Londres), se convirtió en el mejor amigo de los movimientos feministas de la época, al asegurar que las guarderías no sólo no eran perjudiciales para los niños, sino que incluso éstos se desarrollaban mejor y de forma más sólida si asistían a ellas.

Posteriormente matizó sus afirmaciones (y perdió ese estatus de amigo de la liberación de la mujer), en base a diferentes estudios en los que había participado, y que arrojaban datos contrarios a su posicionamiento inicial, al mostrar que los niños que habían asistido desde edad temprana a la guardería un número considerable de horas mostraban un comportamiento más agresivo y eran más irascibles que otros que habían pasado este tiempo con sus familias o haciendo un uso moderado de las guarderías.

En este artículo, sin embargo, estamos más interesados en hacer referencia a su hipótesis de la susceptibilidad diferencial y a los estudios que se han realizado al respecto.

En el estudio más conocido sobre este tema, Jay Belsky y sus colaboradores investigaron diversos modelos familiares y llegaron a la conclusión de que en núcleos familiares en los que la figura paterna no estaba correctamente representada o presentaba un comportamiento inadecuado o insuficiente, las niñas criadas en este entorno llegaban a la pubertad a edad más temprana y presentaban un comportamiento más promiscuo que otras niñas de su edad criadas en núcleos familiares en los que el padre sí cumplía sus funciones.

El objetivo de estos cambios es simple: en un entorno en el que el padre no cumple con sus funciones, las posibilidades de supervivencia descienden. Una pubertad precoz y una cierta promiscuidad comportan más posibilidades de una maternidad prematura, así como de engendrar un número más elevado de hijos. Este hecho incrementa las posibilidades de tener nietos, y así la supervivencia de su descendencia, al menos hasta que las condiciones mejoren.

 

Adaptabilidad evolutiva y eficiencia

En mi modesta opinión, lo que Jay Belsky y otros autores (por ejemplo, Bruce J. Ellis y W. Thomas Boice, con su estudio ‘Biological Sensitivity to context’, de 2008) apuntan en sus investigaciones ha de constituir una de las mayores aportaciones al entendimiento del desarrollo humano de los últimos tiempos. Sin embargo, no sé si por prudencia, por la ausencia de una perspectiva global de este fenómeno, o simplemente porque es éste el proceso normal de desarrollo y maduración de una teoría, por ahora tanto Belsky como el resto de investigadores centran sus esfuerzos en la aplicación práctica de sus descubrimientos en el tratamiento y prevención de los trastornos que un entorno estresante puede provocar, dejando sin explorar el espectro contrario, es decir, los efectos que tienen en las personas los contextos en los que el estrés es reducido.

Han pasado ya más de 150 años desde que Darwin volvió de sus viajes con el HMS Beagle, y aún no acabamos de asimilar las aportaciones de su teoría y las implicaciones que comportan. Pero algunas cosas comenzamos a tenerlas más o menos claras. Sabemos que en la selección natural no sobrevive el más fuerte, sino el más eficiente. El que consigue la mayor adaptabilidad con el menor consumo de recursos. Y un ejemplo claro lo tenemos en nosotros mismos, el mono sin pelo, que a pesar de una fragilidad evidente, ha conseguido convertirse en el gallito del corral.

Las propuestas de Belsky y demás describen fenómenos que no difieren sustancialmente de otros a los que estamos más habituados, como por ejemplo el oscurecimiento de la piel por efecto de los rayos del sol, el fortalecimiento de los músculos a consecuencia del esfuerzo, o una estatura menor si el alimento es escaso. Esta adaptabilidad, esta capacidad de cambio físico para adaptarse al entorno, comporta una gran eficiencia a la especie, que no necesita desarrollar protecciones o mecanismos adicionales, sino que puede modificar los que ya dispone.

Podemos aprovechar la pirámide de Maslow ahora para exponer con más claridad este efecto. En lugar de hablar de contextos estresantes (en contraposición al resto, que se supone que serían normales), vamos a considerar un continuo que, partiendo de un punto medio, se extiende hacia los extremos, por un lado representando entornos cada vez más estresantes, agrestes y salvajes, y por el otro, representando entornos progresivamente menos estresantes, cada vez más amigables, civilizados y pacíficos. Hacia el extremo agreste,  las necesidades de las personas que viviesen en esos contextos se situarían en los dos primeros niveles de la pirámide de Maslow, mientras que hacia el extremo amigable, serían las propias del cuarto nivel.

Las características físicas, de comportamiento y de actitud convenientes para hacer frente a las necesidades de los dos primeros niveles son distintas de las utilizadas para satisfacer las del cuarto. Una capacidad de respuesta del organismo a las condiciones del entorno puede adaptar el proceso de desarrollo para potenciar las características propicias en detrimento de las que no han de ser tan útiles, en aras del principio de eficiencia que exponíamos antes.

 

¿Qué nos pide un niño Índigo?

Es relativamente sencillo identificar las características útiles en entornos agrestes, salvajes, difíciles. No faltan en nuestra historia ni en nuestra prehistoria contextos de esta índole. Es importante la fuerza física, el ingenio, la pubertad precoz (como exponía Belsky), un fuerte sentimiento de grupo, el comportamiento gregario, la autonomía, la fortaleza emocional y la falta de escrúpulos, en el sentido de que si hay que comerse a un congénere, que sea antes de que se estropee la carne (no en vano somos todos descendientes de una tribu de caníbales que sobrevivió la última glaciación a costa de devorar a todas las tribus (caníbales también) que se pusieron en su camino.

¿Y cuáles son entonces las características útiles en entornos amigables? Determinar cuáles han de ser estas características puede abrir un debate interminable salpicado de las interpretaciones sesgadas de los diferentes planteamientos políticos, filosóficos o religiosos existentes en la actualidad. Por ello, simplemente contemplaré los opuestos a las presentadas para los entornos difíciles, suficientes para ilustrar mi argumentación.

La fuerza física no es tan necesaria o útil, como tampoco la predisposición a la caza y la lucha. No dependemos de la rapidez de reacción del ingenio, y podemos ceder espacio al pensamiento racional o incluso a la intuición. La pubertad no necesita avanzarse, y la maternidad puede postergarse hasta las puertas de la treintena. Los grupos pueden ser más flexibles, la pertenencia a uno u otro, más tenue, y la aversión entre grupos, innecesaria. No es necesario obedecer sin rechistar ni acatar la autoridad del jefe, sino que es posible desarrollar el propio criterio. Es válido confiar en que un adulto cuidará de nosotros, nos enseñará y acompañará constantemente. Y podemos correr el riesgo de querer a los demás, sin el temor a que nuestro corazón sea desgarrado una y otra vez cuando la muerte prematura los arrancase de nuestro lado. Por último, los escrúpulos no suponen una limitación, sino una garantía de respeto y convivencia.

Muchas de las características que acabo de exponer se corresponden con las que se asocian a niños índigo. Y me permito concluir que estamos ante el mismo fenómeno, explicado de forma diferente.

Entonces, en base a esto, ¿qué piden estos niños, llamémosles Índigo, llamémosles ‘en el cuarto nivel de necesidades’, o simplemente personas? Pues lo que cualquier otra persona enfrentándose a su necesidad de autoestima, de reconocimiento por parte de los demás, de autoconfianza nos pediría: que le ayudemos a superar los desafíos a los que se está enfrentando y, si no estamos dispuestos a hacerlo, que como mínimo no estorbemos.

 

Entonces, ¿los niños índigo existen?

¿Existen los niños altos y bajos? ¿O los niños inteligentes? Utilizamos continuamente estos adjetivos, como si se tratase de afirmaciones objetivas. Sin embargo, son apreciaciones relativas. Un niño considerado habitualmente alto, se verá muy bajito cuando vaya a saludar a los jugadores de básquet de La Penya. Igualmente, el chaval que sacaba mejores notas en segundo de ESO, puede acabar arrastrándose sin pena ni gloria por las asignaturas de la carrera de telecos. Incluso esta relatividad es ambigua. Es fácil comparar la altura de dos personas y determinar cuál de ellas es más alta. Pero con la inteligencia la cosa ya se complica. Los tests de inteligencia normalmente sólo contemplan los aspectos lingüístico y lógico-matemático, dejando el resto de magnitudes, las otras ‘inteligencias’, en palabras de Howard Gardner, sin valorar. En el caso de los niños índigo, esta clasificación es aún más difícil, dado que el propio concepto está insuficientemente definido. En cualquier caso, es un concepto, una metáfora, si queremos llamarlo así, que puede sernos útil para entender de qué estamos hablando, pero que difícilmente nos permitiría clasificar la humanidad en dos grupos, índigos y no índigos, sino sólo cuánto ‘índigo’ se es.

Con permiso de Kryon, claro.

Deja un comentario