De pobres y ricos

Los datos económicos sobre la distribución de la riqueza en nuestra sociedad muestran la gran desigualdad existente entre pobres y ricos, dibujándonos una dolorosa y demasiado conocida situación, difícilmente justificable, aunque por repetida ya nos hemos habituado a ella . Que además, en tiempos de crisis, esta elite pudiente esté incrementando su riqueza mientras el resto de la población sufre los rigores de la recesión y de los recortes, no hace más que echar sal a la herida. Los ricos son cada vez más ricos, y los pobres, más pobres. Y nada ni nadie parece ser capaz de detener esa tendencia.
Ante esta situación, poco podemos hacer, desde nuestra posición de hombre de a pié, para cambiar el estado de las cosas. Parece que la única vía para escapar de la pobreza es la formación. Pero se trata de una vía cara, agreste, larga, exigente, llena de trampas y peligros, y que no ofrece garantías. Es también una vía egoísta, competitiva, de lucha por unos recursos, los puestos de trabajo, que son limitados, con lo que, cuando nos preparamos para ocupar puestos de trabajo, estamos empujando fuera del sistema a los que no han alcanzado nuestro nivel.
La competitividad, como argumento para el acceso al mundo laboral, encierra también una curiosa paradoja. Cuanto más competitivos, más productivos y más eficientes, con lo que, a la larga, menos mano de obra ha de ser necesaria, provocando así una inevitable destrucción de puestos de trabajo.
Si esta vía no nos satisface, disponemos de algunas otras, como la auto-ocupación, aunque ésta en realidad podría no ser nada más que otra leyenda urbana. Sino, siempre queda la vía del pelotazo, si disponemos de suficiente habilidad, y de la requerida dureza facial. O si no, depositar nuestras esperanzas en el boleto de lotería o quiniela deportiva de turno, y rogar a la diosa fortuna su benevolencia para con nosotros.
Pero obviamente, no vamos a conseguir, mediante estas estrategias, resolver el problema de las desigualdades sociales. Como mucho, salvaremos nuestro culo, pasando a formar parte de esa selecta congregación de acaudalados prohombres, quizás hasta nos permitamos el lujo de la filantropía. Poco más.
También la vía política, ordinaria o revolucionaria, podría cambiar las cosas y resolver esta situación, y ayudar a progresar a la cada vez más obviamente inevitable renta básica universal. No es, sin embargo, una vía que nos vaya a solventar el próximo vencimiento de la hipoteca, o el pago de la factura eléctrica de este mes. Y, lamentablemente, es una vía en la que bien poca influencia tenemos.
Las opciones son éstas. Y son claras y conocidas. Entonces, ¿por qué un porcentaje tan grande de jóvenes, sanos, fuertes, vigorosos, que tienen en su mano el poder para luchar, al menos, por su propio ascenso social, no lo hacen, y languidecen engrosando las filas de un siempre creciente y variopinto ejército de NI-NI’s? Es lamentable la resignación a lo inevitable que este colectivo parece transmitir, y como adultos responsables, no podemos evitar un cierto sentimiento de culpabilidad. ¿Qué es lo que hemos hecho mal para provocar esta situación? Porque alguna cosa hemos debido hacer de forma terriblemente equivocada para provocar algo así.

Por supuesto, nuestro sistema educativo algo habrá tenido que ver. Desde las instituciones formativas no se está sabiendo interpretar correctamente la situación y no se están aportando las soluciones adecuadas. Pero ni siquiera un nefasto planteamiento de la enseñanza podría justificar este tremendo despropósito. ¿Cuál es entonces la causa?

 

Recientemente, un conocido youtuber español, uno de estos chavales que pasan su tiempo grabándose y subiendo videos de mejor o peor gusto a la página web de youtube, prototipo fidedigno del fenómeno NI-NI que comentábamos, a pesar de los ingentes ingresos en publicidad que su partner le proporciona, hablaba precisamente de estos beneficios económicos que recibe por su actividad, actividad que difícilmente podríamos llamar profesional. Diferentes medios hablaban de ingresos millonarios, y este chaval ironizaba sobre el tema. Una estimación más realista podría situar sus ingresos alrededor de los 300.000 euros anuales, que no es una cantidad despreciable. En cualquier caso, y a lo que vamos, este chico hacía una reflexión que creo que es muy interesante y que puede ayudarnos a entender esta fenomenal desidia de la que hablaba antes. Este muchacho hacía el comentario de que si él ganase lo que se le suponía, viviría en un yate rodeado de putas. Pero inmediatamente reflexionaba, y con tono algo (no mucho) más serio decía que probablemente continuaría viviendo igual. De hecho, con unos ingresos más propios de un empresario de éxito que de un chaval sin oficio ni beneficio, no ha introducido demasiados cambios en su forma de vida.

 

¿Qué quiero decir con esto? Básicamente que, si bien es cierto que la diferencia entre pobres y ricos se está incrementando, sólo lo hace desde una perspectiva cuantitativa. Me explico. La diferencia es cada vez mayor en términos monetarios. Pero esto no hace a los ricos más ricos, ni a los pobres más pobres. Hay una diferencia. Hasta ahora (más o menos), lo que distinguía a un rico de un pobre era que el primero tenía y el segundo no. Pero en la actualidad, y cada vez más, ambos tienen. El rico tiene un mejor coche, y se lo cambia más a menudo. Pero el pobre también tiene coche. Y lo mismo si hablamos de teléfono móvil, ordenador, accesoa internet, televisión, etcétera… Puntualizo aquí que estoy hablando del mundo occidental. En muchas regiones del mundo no se cumple lo que estoy comentando. Pero es una cuestión de tiempo que esto ocurra. Estos países se están occidentalizando, unos más rápido y otros más lentamente y lo aquí expuesto, en un futuro más o menos próximo, será válido también para ellos. También soy consciente de que no todos los pobres, en el mundo occidental, tienen acceso directo a estos bienes, pero es tal el grado de inundación material actual, que no es difícil para ellos acceder, de una forma u otra, a ellos. Por poner un ejemplo… La conexión a internet tiene actualmente en España un precio injustificablemente elevado, fuera del alcance de las familias más humildes. Pero muchísimos hogares disfrutan actualmente de conexión a Internet, y el resto, pueden utilizarla también, si encuentran a alguien que, voluntariamente o no, comparta su conexión.

Estamos lejos actualmente de una renta básica universal en España (y también en el mundo y parte del extranjero), y más aún de una RBU suficiente. Pero los subsidios y otras prestaciones que el estado otorga alcanzan el monto de más de 300 euros mensuales por persona (y cuando digo por persona, me refiero a por persona, es decir, 300 euros para cada uno de los habitantes de España), aunque este importe se distribuye de forma irregular y en parte de forma indirecta. Pero una vez puesto en circulación, se produce un fenómeno de redistribución. Por poner un ejemplo: hay muchas familias en españa sin ingresos. En estos casos es habitual que estas personas pasen a depender económicamente de los abuelos, ya jubilados, con lo que la prestación que estas personas reciben se redistribuye entre otras que no reciben subsidio alguno o que los que perciben son insuficientes. Es obviamente una situación que aporta una pseudosolución inadecuada e insuficiente. pero que me da pié a explicar el hecho de que este importe, esta prestación teórica o ideal que perciben los ciudadanos, lleva siglos en constante y firme ascenso, y es previsible que en un tiempo prudencial alcance el importe adecuado para poder transformarse en una RBU coherente.

A lo que vamos. Estamos cada vez más en una sociedad en la que, de una forma u otra, las necesidades básicas pueden ser parcialmente sostenidas por el propio sistema y, además, existe una abundancia material considerable que inunda nuestro entorno. Esto hace que lo que antes eran carencias, ahora no sean más que complejidades o dificultades. Por otro lado, cada vez más, son abundantes los bienes ‘intangibles’, virtuales. Y como tales, habitualmente gratuitos. Así mismo, un amplio espectro de servicios y espacios son de libre uso, como bibliotecas o parques, y otros de reducido coste. También hay un fácil acceso a los bienes naturales, normalmente adaptados y cuidados.

Cada vez pasamos más tiempo en estos mundos virtuales en los que los bienes, virtuales también, no tienen coste de producción (sí de creación y diseño, y también de mantenimiento, aunque a menudo se sufrague mediante la inevitable publicidad). También es accesible un ingente volumen de conocimientos, superior a nuestra capacidad de adquisición, de forma libre y sencilla. Estos elementos son más que suficientes para saciar nuestra necesidad de consumo (cuando ésta no está desbocada), y comportan habitualmente una importante dedicación en tiempo (tiempo que no podremos dedicar a gastar).

Así, aunque la situación diste mucho de ser idónea, las posibilidades de llevar una vida plena, de aprendizaje, desarrollo y ocupación personal, está prácticamente al alcance de cualquiera, con independencia de su situación económica.

La última frontera es la creencia irracional e injustificada que asocia trabajo con ingresos económicos. En la sociedad actual, todos somos dependientes del sistema para obtener nuestro sustento y la satisfacción de nuestras necesidades. Y el sistema tiene capacidad potencial más que suficiente para satisfacer las necesidades de toda la población sólo con el nivel de desarrollo tecnológico actual y el trabajo voluntario. La obsoleta vinculación entre trabajo y sueldo sólo sirve para impedir el acceso al dinero a parte de la población y para, y sobre todo, limitar el desarrollo y ocupación profesional del que no puede acceder a un puesto de trabajo.

Ésta es la última frontera, y es a la que se aferran los defensores del orden establecido. Porque no es el nivel económico lo que hace poderosa a una persona, sino la dependencia que puede provocar en los demás. Pero en un sistema en el que las necesidades básicas quedan satisfechas por el propio sistema, poca dependencia puede esperarse de los más desfavorecidos. Por este motivo, es necesario, para los adoradores del status quo actual, defender con todos los medios a su alcance esta vinculación trabajo-ingresos, para en base a ella mantener la dominación y dependencia sobre el resto de la población y poder continuar considerándose poderosos. Pero esta vinculación es cada vez más difícil de sostener, como la presente crisis pone de manifiesto, y cada vez más es evidente la necesidad de abrir los grifos del líquido monetario para evitar el colapso social.

 

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