Crónicas de un senescal. ¡Bacterias!

Una leve brisa recorre constantemente la nave, haciendo circular el aire y conduciéndolo a través de los filtros y purificadores centrales, donde se renueva de oxígeno y libera de impurezas, volviéndolo prácticamente aséptico.

Una legión de pequeños robots de limpieza recorre constantemente los pasillos y estancias de la nave aspirando y limpiando su superficie pulimentada y lisa.

La humedad del aire es muy baja, casi nula, excepto en las celebraciones y actos sociales, o en las salas en las que alguna persona se encuentre presente. Una humedad del aire a medida, controlada automáticamente por el sistema domótico de la nave.


 

Los habitantes de Walkiria XVII pasan prácticamente todo su tiempo dentro de su sarcófago (que es como llamamos a la cabina vital individual, la CVI), donde reciben el alimento, el aire fresco y correctamente humidificado, el seguimiento de las constantes vitales, la estimulación muscular y los ajustes hormonales y homeostáticos, y es desde donde acceden a WalkiriaTown. Por los pasillos y estancias de la nave habitualmente sólo nos movemos los robots de limpieza y los senescales, arrastrando pesadamente nuestros cuerpos mecánicos.

Las plantas de procesamiento y almacenamiento de alimentos funcionan a temperaturas extremas de frío y calor. En ellas se realizan intensos procesos químicos de descomposición y recomposición a nivel casi molecular, que destruyen cualquier organismo viviente.

Dentro de las CVI, el aire en contacto con la piel alterna entre una composición a base únicamente de nitrógeno y otra hiperoxigenada. La superficie del cuerpo está separada en áreas estancas: nariz y boca, ojos y resto del cuerpo. Sólo el aire del área de la boca y la nariz presenta una proporción de oxígeno constante. El aire de las otras áreas, piel y ojos, se compone en algunos momentos prácticamente de forma exclusiva de nitrógeno y vapor de agua, en distinta proporción en los ojos que en el resto del cuerpo, y casi de oxigeno puro en otros.

El objetivo de todas estas precauciones, de estas medidas, era, por supuesto, reducir el riesgo de enfermedades por infección. El resultado, la completa extinción de los ácaros, y una drástica y progresiva reducción de las colonias de bacterias en la piel de los habitantes de Walkiria XVII (en WalkiriaTown no hay bacterias, claro, al menos por ahora, aunque es posible que en alguna release las incorporen), limitándose sólo a las áreas de mucosas presentes en el rostro e, incluso en estas zonas, descendiendo tanto  su número como su diversidad.

A este ‘retroceso’ de las bacterias atribuimos algunos desequilibrios orgánicos observados con cierta frecuencia entre los habitantes de la nave, y que no constan descritos en los compendios médicos de nuestras bases de datos, aunque sí han sido reportados por otras naves Walkiria. Esto no supone en realidad un problema, dado que dichos desequilibrios son compensados fácilmente de forma artificial. Y es un precio a pagar ridículo a cambio de erradicar las enfermedades infeccionas. Llevamos ya generaciones enteras sin un solo caso. Nada, cero. Vamos, que los senescales médicos, en este aspecto, tienen casi tan poco trabajo como yo, cuidando de un jardín autónomo que nadie visita. La verdad es que es curioso observar cómo son de diferentes los procesos de curación de heridas (en las pocas ocasiones en que se producen) de los habitantes de la nave, a cómo se describen y observan en el material médico procedente de La Tierra.

Parece ser que existe algo llamado flora bacteriana intestinal, imprescindible para la digestión. Pues existirá en la tierra, porque nuestros intestinos (los del resto de habitantes, vaya; los senescales no tenemos intestinos, ni nada orgánico a parte de las neuronas) son tan asépticos como una botella de agua oxigenada.

Aún era en la época de la primera generación de senescales, aunque ya habían transcurrida varias generaciones humanas, y ya quedaba claro que la famosa flora instestinal, totalmente innecesaria en un organismo alimentado exclusivamente por vía intravenosa, se había ido para no volver, en medio de una total indiferencia, o incluso satisfacción por parte del personal sanitario, cuando a alguien se le ocurrió que esto podría ser un problema. ‘¿Problema porqué?’ le preguntaron, a lo que respondió que claro, ahora no era necesaria la flora bacteriana, pero se suponía que el viaje tenía un objetivo, la colonización de un nuevo mundo, y allí, en un momento u otro, la gente volvería a comer. ¿De dónde sacarían entonces esa famosa ‘flora intestinal’?, porque a nadie se le había ocurrido guardar un ‘potecito’ de la misma, y desde La Tierra no parecía nada claro que nos la pudiesen enviar, al menos no de forma inmediata.

En realidad fue una tormenta en un vaso de agua. Sí podía enviarse esa flora intestinal, si tan necesaria era. Y aunque tardase doscientos o trescientos años en llegar, se trataría sólo de continuar doscientos o trescientos años más alimentándonos como hasta ahora. Pero no sería necesario. Era posible reprogramar distintos modelos de nanobots para que realizaran esta función, sin necesidad de grandes trastornos.

En definitiva, nos estableceremos en el nuevo planeta prácticamente desprovistos de uno de los elementos que nos ha acompañado a lo largo de toda nuestra historia: nuestras bacterias.

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