La nacionalidad, un nuevo producto de consumo

El estado español va camino de convertirse en el involuntario artífice de una revolucionaria innovación social, que va a incidir de lleno en las problemáticas más insidiosas del escenario socio-económico y político actual.

En una sociedad (la capitalista occidental, obviamente), que ha conseguido justificación existencial en una frágil meritocracia como medidor en la repartición de bienes, la existencia de colectivos cada vez más numerosos (jubilados, parados, personas normales…) que precisamente adolecen de argumentos meritocráticos para acceder al consumo, constituye un reto desafiante para las mentes pensantes de esta organizada sociedad occidental, que es consciente de que todas estas personas desmeritorias son necesarias como consumistas para el correcto y fluido funcionamiento del sistema. La solución, que en base es sencilla, pero que a la práctica comporta complejidades y dificultades extraordinarias, consiste obviamente en reconocer como merito suficiente para acceder al derecho a una fuente de ingresos la simple pertenencia a la raza humana.

Este principio de obligado reconocimiento, el de ‘todo ser humano tiene derecho a su subsistencia y al acceso a los recursos necesarios para la misma’, que parecería, para mentes sencillas, que con una RBU podría resolverse (es decir, alimentando los cauces económicos desde la base), parece que está atacándose, por motivos ciertamente complejos y de difícil, aunque probablemente justificada explicación, desde la cúspide, dando así a las entidades estatales poder de coacción sobre sus tutelados.

El esquema queda entonces completo. Los estados reciben aportaciones de capital (procedentes de bancos centrales o fondos internacionales, con potestad para inventar dinero), y con ese capital engrasan el circuito económico mediante aportaciones indirectas a la población (pensiones, subsidios, contratas, funcionariado, …), toda vez que los impuestos tradicionales son insuficientes para ello, y los ‘nuevos’ impuestos sobre la propiedad no son aún demasiado bienvenidos. Y esta economía ‘en marcha’ mantiene el consumo y el funcionamiento de las empresas. Obviamente, todo el esquema depende de la ‘democracia del consumo’, que es la que motiva la competición entre empresas, motor real del desarrollo y el avance tecnológico y, a la postre, de la mejora en el bienestar de la población.

Y es aquí donde el hecho diferencial de la derecha española está actuando para romper las barreras conceptuales que nos impiden ‘ver’ las posibilidades sociales, políticas y económicas que tenemos a nuestro alcance, pero que nuestra visión, limitada por estas barreras, es incapaz de alcanzar.

¿En qué consiste el hecho diferencial de la derecha española, respecto a otras derechas europeas? Los partidos de derecha europeos atacan básicamente al diferente, al de fuera, y protegen al de dentro. Y utilizan en estos ataques o discriminaciones características étnicas, religiosas, ideológicas o de orígen muy concretas. En el caso español, a parte de la característica xenofobia ultraconservadora, compartida con el resto de fuerzas políticas neofascistas europeas, también tenemos presente otro factor, que es el ataque al pueblo catalán.

El pueblo catalán no responde a los estándares de los colectivos atacados por los neofascistas europeos, dado que no es un colectivo homogéneo (ni siquiera mínimamente homogéneo). No es de derechas ni de izquierdas. No es nacionalista, ni independentista. De hecho, no es ni siquiera catalán, o estrictamente catalán. Existe como colectivo, con sentimiento intenso de pertenencia, pero es heterogéneo y transversal.

En otro momento histórico o en una situación geo-política distinta, esto no supondría ningún problema, dado que la represión podría aplicarse de forma profunda, de modo que para cuando se activase algún tipo de reacción social nacional o internacional, el efecto represivo ya se habría producido, y el ‘problema’ se habría resuelto. Pero en la colección de circunstancias actuales, la ‘represión’ tradicional no puede aplicarse plenamente, y sus efectos no serán nunca los esperados.

Esta actuación de la derecha española lleva entonces a una situación de difícil solución, que a la vez es insostenible, lo cual es una contradicción, y preludio seguro de alguna innovación (o de un terrible desastre).

Olvidémonos del desastre, y analicemos la innovación posible, la que la derecha española está haciendo viable. Cuando la ‘imposición de la nacionalidad’, española en este caso, no puede realizarse mediante la fuerza, entonces no puede realizarse de ninguna forma. Y esto lleva a un punto muerto, en el que personas no se sienten españolas, se ven atrapadas en un cuerpo español, con el correspondiente malestar que esto produce. Y dado que la represión no es suficientemente fuerte, este malestar se va a manifestar, un día sí y otro también.

El malestar es demanda. Y la demanda es satisfecha por el mercado, que para eso está. Y aquí, la demanda está clara. Y es la de poder ‘decidir’ tu nacionalidad. Como un consumo más. Como decidimos ahora sobre nuestra ideología, nuestra alimentación, nuestra sexualidad o el color de nuestra ropa.

Así, el individuo podrá decidir a qué país pertenece, y los estados deberán trabajar para ser atractivos, para así ser escogidos por los que serán sus ciudadanos, que serán ciudadanos del mundo, y de ese país en concreto, con independencia de dónde hayan nacido, de dónde vivan y de dónde trabajan.

Y los estados, que reciben aportaciones económicas proporcionalmente al número de ‘ciudadanos’, dispondrán de la mejor motivación para avanzar en la lucha por la igualdad, los derechos humanos, la integración, la libertad, la paz, la sostenibilidad.

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