Crónicas de un senescal

¿Cómo serán los viajes interestelares del futuro? ¿Cómo lo haremos para superar las grandes distancias que nos separan de otras estrellas, de otros planetas fuera de nuestro sistema solar?

El Senescal del Jardín de los Susurros, de la nave Walkiria XVII, en su largo viaje de colonización, nos proporciona algunas pinceladas:

En el área central de ‘El Gran Cilindro’, el inmenso tubo que constituye el habitáculo humano de la nave, se encuentra el Jardín de los susurros. Al encontrarse a unos cincuenta metros de distancia del exterior del cilindro, la gravedad aquí es más baja (aún) que en las residencias, que se sitúan en la parte más externa del cilindro interior, prácticamente pared con pared con los mecanismos de giro.

El horizonte de este jardín, de unos 3 kilómetros cuadrados, se plega sobre sí mismo y se alza hacia el cielo, siguiendo el contorno del cilindro en el que está inscrito. Sería visible el otro extremo del parque justo sobre nuestras cabezas si no fuese por el inmenso tubo de proyección, a escasos cuarenta metros sobre nuestras cabezas, en el cual se podía observar una representación del cielo exterior, casi como si las paredes de la nave fuesen invisibles.

En el interior del ‘tubo del cielo’ se situaban las plantas de producción y reciclaje de alimentos y los almacenes de suministros, así como los sistemas de canalización y distribución hasta la zona de residencias,

A pesar de que el cilindro interior se encuentra en constante movimiento, la imagen proyectada en el ‘tubo del cielo’ es estática. Esta imagen es alimentada por algunas de las cámaras de la nave, situadas en el exterior, y muestran una imagen no sujeta a las rotaciones internas.

Como senescal del jardín, paso muchas horas en él, observando el cielo estrellado, fijo, estático, inmutable. En los casi 250 años que llevo ejerciendo de Senescal, no he observado ningún cambio visible. Las estrellas que nos iluminan se encuentran tan lejanas que su posición en el firmamento apenas sufre cambios, a pesar de la velocidad de 0,1e a la que se desplaza la nave.

Es ya la cuarta generación de senescales, la 39ª generación humana, 1.182 años desde que la nave Walkiria XVII abandonó la tierra e inició su viaje interestelar.

 

La criogenización había progresado mucho cuando comenzó la colonización de otros planetas más allá del sistema solar, pero no lo suficiente como para asegurar que una vez en destino, las personas congeladas podrían despertar. Ahora sí. Ahora ya se ha podido descongelar con un éxito aceptable y en un estado más o menos íntegro a personas que llevaban 100, 200 o hasta 500 años congeladas. Pero hace doce siglos la situación era muy distinta y el riesgo de fracaso de una misión con un coste descomunal inasumible. Por ello, la cuestión era abandonar y esperar hasta que la criogenización estuviese madura, o buscar una alternativa que permitiese la supervivencia durante tantos años. Esta alternativa fué la llamada ‘aldea estelar’: una comunidad que viviría durante siglos en el interior de una nave espacial, mientras ésta recorría el espacio vacío entre las estrellas.

La propia idea de ‘aldea estelar’ provocaba repulsión en la opinión pública: un lugar diminuto y aislado donde las personas nacerían y morirían sin futuro ni trascendencia. Meros mecanismos reproductores que consumirían su tiempo esperando llegar a ese único momento útil en sus vidas: el parto, y después languidecerían hasta una muerte anónima en algún punto indeterminado entre La Tierra y la Nada. Sin embargo, abundaban los voluntarios, hasta el punto de el número de los que los que se inscribieron multiplicaba por varios cientos de miles el número de plazas demandadas. Los nombres de estos ‘pioneros’ están gravados en un pilar de cuarzo con ornamentos de metal dorado en un lugar de honor en el jardín de los susurros, y en cada aniversario una procesión de aldeanos presenta sus ofrendas en recuerdo a ‘los primeros padres’, un culto obligado, facilitado por el senescal del recuerdo, a los nombres de aquellos que, en su inconsciencia e ignorancia, se apuntaron alegremente a este despropósito inhumano sin reflexionar ni por un segundo en el suplicio absurdo al que estaban condenando a toda su descendencia.

Ahora, las nuevas Walkirias ya no son aldeas estelares. Son manejadas por un corto número de tripulaciones de senescales especialmente longevos, que van turnándose en la dirección de la nave y que, al llegar a destino, aún conservan una respetable esperanza de vida, que permite dar algún sentido al viaje. Una vez alcanzado el objetivo, despliegan los equipos de colonización que construirán los primeros asentamientos, a la hora que activan el crecimiento de los miles de fetos humanos que han traído desde La Tierra y que se convertirán en los pobladores del nuevo mundo.

Los nuevos senescales viven más de mil años, lo que deja los 350 años de esperanza de vida de los senescales de Walkiria XVII como poco más que un suspiro de tiempo, una breve y casi insignificante experiencia. Hemos recibido desde La Tierra mucha información sobre la tecnología y estrategias utilizadas para alcanzar esa longevidad, pero en esta ridícula isla no disponemos prácticamente de nada, y sólo hemos podido aplicar algunos de los avances, y no los más significativos.

Recibimos constante información procedente de la tierra, aunque ésta tarda varias décadas en llegar. En Phobos hay cuatro cañones electromagnéticos apuntando continuamente hacia nosotros, transmitiendo y recibiendo información de forma constante. Datos, informes, instrucciones de navegación, respuestas a preguntas que ya ni recordamos haber realizado y, sobre todo, mucho, mucho material audiovisual y contenido virtual.

WalkiriaTown, el mundo virtual de la nave, se nutre de todo este contenido, y lo pone a disposición de los habitantes de la aldea estelar. Los ocupantes de la nave pasan prácticamente todo el tiempo que están despiertos en WalkiriaTown. Prácticamente son contadas las ocasiones en que abandonan su cofre, desde el cual acceden a WalkiriaTown, reciben el alimento, la estimulación muscular y también la atención médica y la limpieza de su cuerpo. Los habitantes de las Walkiria han sido despojados de su pelo corporal mediante un suero hormonal suministrado periódicamente, y viven en completo nudismo, a excepción del cinturón de conexión, la interface conectada al ombligo mediante la cual se suministra alimento al flujo sanguíneo y se evacúan los desechos del cuerpo. La idea original era que los aldeanos compartieran su tiempo entre el mundo virtual y los espacios que la nave proporcionaba (jardín, gimnasios, salas de juego, de cine, etc…), pero contemplar siempre el mismo cielo inmutable e impasible es desolador, deprimente, y, una vez los habitantes de Walkiria han superado su primera infancia y ya pueden decidir por ellos mismos, optan por vivir permanentemente en WalkiriaTown. De esta forma, me he convertido en el senescal con menos trabajo de toda la nave.

Es curioso lo diferentes que son los viajes interestelares reales de lo que los clásicos nos mostraban. Cuando miro ese firmamento inmóvil imagino a menudo que un Halcón Milenario o una Enterprise cruzan a toda velocidad frente a mi, o que una flota intergaláctica de invasión se cruza con nosotros en su viaje de invasión a la tierra. Sin embargo, nada de eso ocurre. En este firmamento ni siquiera hay estrellas fugaces, ni meteoritos, ni nada. Estamos en medio del espacio vacio, inmensamente vacio, que separa las estrellas. Perdidos en mitad de ningún sitio y dirigiéndonos a una lentitud exasperante, ridícula, hacia algo que alguien vio en algún telescopio y que ni siquiera nos ha dicho qué es, dónde está o cuánto tardaremos en llegar.

El estómago de los habitantes de Walkiria XVII está atrofiado, Jamás ha digerido alimento (y jamás lo hará). Su tracto digestivo está enrollado, arrugado, rígido, prácticamente bloqueado en algunos sitios. No hay substancias que circulen por él, excepto saliva y algo de agua. El cinturón de conexión accede al sistema circulatorio a partir de los conductos del ombligo. Los nanobots médicos que circulan por el sistema de alimentación excavan en cada aldeano una conexión hasta la vejiga, por la que extraer la orina, y taponan el conducto habitual. De esta forma, un único dispositivo permite tanto la alimentación como la deposición, que en este caso es sólo líquida. Es un planteamiento de alta eficiencia energética, que permite que el tiempo de subsistencia de este ecosistema sea prácticamente ilimitada, más que suficiente para alcanzar nuestro objetivo.

El caso de los senescales es algo distinto. Todos los senescales nacemos por el procedimiento general (que en nuestra nave aún es la concepción, embarazo y parto natural). Es posteriormente, a partir de la tercera infancia, que tenemos la opción de acceder al programa de formación de Senescales. Aunque es voluntario, todos los niños y niñas lo hacen. En él se somete a los participantes a infinidad de pruebas y exámenes, hasta que sólo queda un participante. Éste será aceptado en el círculo de Senescales y asignado a uno de los senescales más ancianos para su formación. Pero antes de ello ha de pasar por el rito de purificación, que le permitirá alargar considerablemente su esperanza de vida. Es un proceso lento y laborioso, en el que el futuro senescal es despojado de más del 90% de su masa corporal, prácticamente la totalidad de su organismo excepto el sistema nervioso central, parte del periférico y algunos órganos sensoriales, y reconectado a una estructura antropomórfica artificial que hará las veces de su cuerpo a partir de ahora. Modificaciones hormonales y la utilización de algunos tejidos corporales con abundancia de células madre permite reactivar la reproducción neuronal, aunque a un ritmo muy lento. Este hecho, en colaboración con una larga serie de técnicas médicas, físicas y tecnológicas son los responsables de la alta esperanza de vida de los senescales.

Cuando la operación ha finalizado, y el senescal despierta, es como si lo hiciese por primera vez, como si acabase de nacer. Tiene que volver a aprender a andar, a moverse, a controlar su nuevo cuerpo. Es un aprendizaje lento y doloroso, durante el cual los nanobots médicos, responsables fundamentales de la operación de metamorfosis, y compañeros perennes de nuestro organismo (lo que queda de él) a partir de entonces, realizan los últimos ajustes.

En WalkiriaTown (que más que pueblo es casi un continente, por su extensión y diversidad) existe una competición quinquenal a la que se apunta alegremente casi todos los niños y niñas de la nave (mayores de doce años, claro) y muchos de los adultos. De cada competición hay un sólo vencedor. Será el nuevo senescal. El resto, los que no lo han conseguido, tendrán una nueva oportunidad en la siguiente convocatoria. Es una competición dura, exigente, que requiere una gran dedicación. Pero el premio lo vale: convertirse en senescal, en uno de los ochenta monstruos mecánicos que deambulan por la nave, dedicándose día y noche a las funciones que tienen asignadas, a hacer que todo funcione, en Walkiria XVII y en WalkiriaTown, en las residencias y en el Jardín, a organizar las ceremonias, a planificar la procreación, a dirimir las disputas y a tratar de ayudar en dar sentido a una existencia que prácticamente no lo tiene. ¡Qué gran premio, por favor! Más años de insoportable intrascendencia, encastrado en un cuerpo mecánico con el cual no acabas de entenderte nunca y separado de los habitantes normales de la nave por la infranqueable barrera de la diferencia.

Se podría pensar que, aunque un senescal no acostumbra a relacionarse, fuera de lo que son sus competencias y responsabilidades, con el resto de humanos de la nave, sí lo hace con los otros senescales. Sin embargo, esto no es así. Cada senescal tiene sus competencias delicada y precisamente definidas, y la colaboración necesaria entre nosotros es mínima y muy pautada (de hecho, todo el funcionamiento de la nave es más parecido al mecanismo de un exacto reloj suizo que a una comunidad de personas). Y son competencias sin horario, perennes (sí, los senescales dormimos, pero una parte de nuestro cerebro está siempre alerta, conectada permanentemente a los sistemas de la nave). En los momentos en que no tenemos una tarea concreta que realizar, no nos buscamos unos a otros, aunque la verdad es que no sé porqué. Quizás por miedo a que en el otro no hallemos reconfortamiento y comprensión, sino un dolor como el propio, que aún lo haga más insoportable. En estos ratos de ‘libertad’, simplemente reflexionamos, paseamos por Walkiria XVII o damos una vuelta por WalkiriaTown, interaccionando no más allá de un leve saludo con las personas con las que nos cruzamos.

Mirando el ‘tubo del cielo’, todos esos puntitos blancos e inmóviles, a veces pienso si no hubiese valido la pena simplemente pintar el tubo y ahorrarse los proyectores, las pantallas, las cámaras. Porque la verdad, para mostrar siempre lo mismo…

En fin. Parece que en el punto ET-243, al lado de la fuente del pájaro, la hierba sintética vuelve a tener problemas para crecer. Creo que es porque allí la humedad es un poco más alta (la fuente salpica un poco). Iré a ver qué se puede hacer.

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