Rajoy y el Diablo

Un día, un político de poca talla y menor expectativa, heredero de un partido convulso agujereado de corruptos y aprovechados que aún se empecinaba en repetir ‘ha sido ETA’, paseaba una fría y encapotada mañana su resignada apatía por la playa de Silgar, cuando la voz grave aunque algo estridente de un no percibido compañero de paseos lo sacó de su lúgubre ensimismamiento.
– Te invito a un café, Mariano.

Sentados frente a frente al lado de la ventana, Mariano pensaba que debía haber pedido sacarina con su infusión, mientras observaba las primeras gotas de agua caer sobre la arena. Su compañero le observaba sonriente.
-¿Quieres ser presidente, Mariano?

Mariano se sorprendió. Se quedó mirando al desconocido durante unos segundos. Automáticamente se activó en él el discurso político, y se organizaron en su mente distintos esquemas argumentativos sobre la conveniencia para España de que su partido gobernase. Pero no se sentía con ánimos, así que se encogió de hombros y volvió a dirigir la mirada a la desierta playa conquistada ya por alegres gotas de lluvia y un revoltoso viento atlántico.

– Te quiero hacer un regalo -insistió el extraño.
– ¿Quién eres? – le preguntó con voz neutra Rajoy.
– Soy el diablo, por supuesto.

Rajoy no mostró ninguna emoción. Estaba más allá de ello. Cuestionado por su partido, falto de convicción, y teniendo frente a él a un presidente que no sólo era buena persona, sino que además lo parecía, sus posibilidades de supervivencia política eran simplemente deplorables. Así que la menor de sus preocupaciones, en aquel momento, era que el diablo le invitase a un café.
– ¿Y qué es lo que quieres? – le preguntó sin apartar la mirada del espectáculo gris y ventoso que se desarrollaba más allá del vidrio de la ventana.
– Ya te lo he dicho. Te quiero hacer un regalo.
– Un regalo, ¿para qué?
– Pues para que seas presidente.

Rajoy se giró y fijó su mirada en los ojos chispeantes de su acompañante. Observó su rostro enjuto y moreno, y su amplia calvicie en aquel hombre delgado de aspecto insignificante. A pesar de su estado de ánimo y del ‘me da un poco igual todo’, tenía muy presente la letal peligrosidad de quien se hallaba ante él.
– Ya… Y eso, ¿a cambio de qué?
El diablo soltó una sonora carcajada, que hizo que los pocos parroquianos del bar les dirigiesen una momentánea mirada.
– Tengo muy mala fama, ya lo sé.
– Bueno, quizás te la has ganado a pulso.
– Quizás sí. Pero eso no importa – el diablo se permitió un momento para tomar un sorbo de orujo antes de continuar -. A cambio de nada.
– ¿A cambio de nada? ¿Me vas a hacer un regalo que me convertirá en presidente, y no vas a pedir nada a cambio?
– Exactamente.
Rajoy observó con renovado interés a su acompañante.
– Tu no puedes decir mentiras, ¿verdad?
– Puedo intentar engañar, pero no, no puedo mentir. Y menos cuando ofrezco un trato.
– Entonces, si dices que no me vas a pedir nada a cambio, es que no me vas a pedir nada a cambio.
– Sí, esa es la idea.
‘Ser presidente a cambio de nada’, pensó Rajoy. La lluvia comenzaba a amainar, y el sol conseguía abrirse camino a través de las nubes, iluminando las olas que se acercaban a la playa.
– Bueno, si es a cambio de nada, pues me parece interesante. ¿Qué me quieres regalar?
– Nada, una tontería. Sólo cuatro millones de firmas.
– Y cuatro millones de firmas, ¿me van a hacer presidente? – preguntó Mariano con bastante escepticismo -. Piensa que nueve millones de votos no han sido suficientes.
– Puedes estar seguro. Pero una advertencia. El regalo es gratis, pero si eres presidente, tus decisiones destruirán España.
Mariano se indignó.
– ¿Quién me va a obligar a mi a destruir España? – exclamó, levantándose de su silla con actitud de dignidad insultada.
– Nadie, Mariano. Tú vas a tomar libremente tus propias decisiones.

– Pues entonces, no hay nada más que hablar. ¡Dame tu regalo y hazme presidente, porque yo nunca decidiré destruir España!

 

El hombre enjuto camina con sonrisa traviesa y paso ligero por los pasillos del hospital, tarareando una melodía pegadiza. Abre la puerta de una de las habitaciones y saluda con entusiasmo.
– ¡Buenos días, Mariano!

Tendido en la cama, alimentado por vía intravenosa dado que desde hace ya algunas semanas su estómago no es capaz de digerir, reposa un demacrado y cansado Rajoy, que lentamente gira el rostro para observar a su visitante.
– Buenos días diablo. Tienes buen aspecto.
El diablo se observó en el espejo colgado a lado de la puerta y tocó su calva.
– Bueno, si a esto lo llamas tener buen aspecto… Pero sí, mejor que tú me veo. Es lo que tiene ser el diablo…
El recién llegado cogió una silla y se sentó al lado de Rajoy.

– Te estaba esperando – dijo Mariano -. ¿Sabes? No pude evitarlo. No es que me olvidase de tu aviso ni nada de eso. En absoluto. Lo tuve presente desde el primer día. Y decidí siempre protegiendo a España. Tomaba siempre las decisiones pensando en lo que me dijiste. Y sin embargo, se rompió. No es justo.
– Nadie dice que sea justo.
– Me engañaste. Me dijiste que serían mis decisiones las que destruyesen España.
– Y así ha sido.
Mariano cerró los ojos y suspiró. Una lágrima apareció, resbalando sobre la piel arrugada y delgada, casi transparente.
– ¿A qué has venido, diablo?
– A llevarme tu alma, ¿a qué si no?
– ¡Pero me dijiste que tu regalo era gratis!
– ¡Has destruido España! ¡Nadie quiere tu alma! ¡Deberías darme las gracias, por evitarte vagar para siempre por el purgatorio!

La enfermera retiraba las sábanas usadas, y preparaba la habitación. El cuerpo sin vida de Mariano había sido retirado después de ser certificada su muerte, y ahora era preparado para los funerales. En un rincón, invisible para los vivos, el diablo observava la cama vacía. A su lado, un espectro gris y cabizbajo aguardaba.
– La decisión que tomaste, la que destruyó España, Rajoy, fue la de aceptar mi regalo.

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