El ejército de Gedeón

Cuenta la leyenda que Gedeón marchó a enfrentarse al ejército de tribus nómadas con un número más que insuficiente de guerreros. Pero a pesar de ello, en un acto que unos catalogarán de extraordinaria confianza en sus posibilidades, y otros de locura o de profunda insensatez, envió a casa a todos aquellos que manifestaron tener miedo ante el inminente y desigual combate. No contento con esto, después de una larga y extenuante marcha de varios días, mandó a sus oficiales a vigilar a sus soldados, y enviar de regreso a todos los que no se mantuviesen vigilantes y alerta. Sólo trescientos hombres superaron esta segunda criba,

dejando así el ejército de Gedeón reducido a prácticamente la insignificancia. Y con estos trescientos hombres, marchó Gedeón a luchar contra los madianitas. Por la noche, los trescientos guerreros, a todas luces combatientes de élite, tanto por el comportamiento demostrado como por los resultados que después cosecharían, penetraron en el campamento enemigo, probablemente seccionando las gargantas de algunos confiados guardias, aunque esto la historia no lo recoge y, distribuidos estratégicamente, rompieron sus jarras de agua y golpearon sus escudos con sus espadas, causando un desconcierto mayúsculo entre los tranquilos y profundamente dormidos madianitas, que despertando en la confusión, no acertaron a encontrar mejor ocupación que la de matarse entre ellos. Los soldados de Gedeón contribuyeron con entusiasmo al caótico despertar, causando muerte y destrucción entre las filas de madianitas y provocando finalmente su huída, una desorganizada retirada en la que nadie sabía quién era el perseguido y quien el perseguidor, y en la que los guerreros israleitas cosecharon cabezas como peces en río revuelto los pescadores.

Con toda seguridad, antes de romper sus jarras de agua, estos guerreros sin parangón, realizarían algunas acciones preliminares previas, como recorrer las tiendas de los oficiales y hacer con sus gargantas, y también con las de algunos generales, lo mismo que habían llevado a cabo con los guardias, cosa que ayudaría a explicar el caos subsiguiente, aunque sobre este aspecto, la documentación existente no es concluyente.

 

Fueron así necesarios solamente 300 guerreros para derrotar a un ejército de 85.000 hombres, mostrándonos un ejemplo sensacional de optimización, eficiencia y eficacia en el esfuerzo.

 

¿Pero en realidad es así? ¿En realidad sólo necesitaba 300 soldados para ganar su guerra? Obviamente no. Si sólo se hubiesen presentado 300 hombres, Gedeón no hubiese podido formar su comando letal. Siguiendo las proporciones que la historia cuenta, sólo 3 hombres de los trescientos serían adecuados para la misión. Quizás sí que con tres hombres hubiese podido poner en fuga a los maniatistas, pero aquí creo ya razonable una duda profunda, o si no, el cuestionamiento de si lo que había acampado en aquellas montañas era en realidad un ejército, o por el contrario una multitudinaria congregación festiva, precursora quizás del Primavera Sound Festival o del Natura Musical.

 

Para obtener su ‘cuerpo de operaciones especiales’, era imprescindible disponer de un espectro suficientemente amplio de ‘candidatos’. De algún sitio han de salir, ¿no? Y aquí la cuestión es: Los guerreros que regresaron a sus casas, por cobardía o agotamiento, o simple incompetencia, ¿han de cobrar su soldada? Bien, ellos no han luchado. Han regresado a sus casas antes del combate. No han arriesgado sus vidas. Sin embargo, han sido necesarios. Gedeón los ha necesitado. Han sido imprescindibles. No han cumplido con la función que a priori se les suponía, pero sí con otra tanto o, a la vista de los resultados, más necesaria.

 

Sin embargo, ¿qué nos importan a nosotros los problemas económicos de los soldados de Gedeón? ¿Son de nuestra incumbencia? En realidad no. A pesar de ello, podemos realizar un paralelismo sobre la situación económica actual y obtener algunas conclusiones. Antes de nada, quiero hacer referencia a una profunda preocupación de los intelectuales de los primeros tiempos de la revolución industrial. En vistas del rápido desarrollo tecnológico de la época, estos pensadores no podían evitar plantearse una pregunta: ¿a qué se dedicará la gente cuando no sea necesario trabajar? Doscientos años más tarde, esta pregunta continúa sin respuesta. De hecho, incluso la propia pregunta ha caído en el olvido, y la preocupación está ahora en encontrar trabajo para todos, apoyándose en el crecimiento económico, la competitividad y la formación, sin caer en la cuenta de las curiosas paradojas y contradicciones que estas estrategias encierran.

 

Pero los estudios y análisis que se han realizado son concluyentes. El estado del bienestar requiere para su sostenimiento de sólo el veinte por ciento de la fuerza de trabajo de la población activa. Y menos de la mitad de este veinte por ciento necesita de formación, conocimientos y sobre todo habilidades decididamente avanzadas. El resto de la fuerza de trabajo es prescindible. Esto, en una sociedad organizada sobre la retribución económica del trabajo realizado, supone un profundo problema, resuelto insatisfactoriamente hasta la fecha con un complejo e inestable entramado de prestaciones, trabajos temporales, ocupaciones innecesarias y otras inconsistencias. Esta situación insostenible continuará su deriva, conceptualmente al menos, hasta encontrar una interpretación coherente que justifique una situación productiva desequilibrada, en la que una minoría productora pueda satisfacer las necesidades de la mayoría consumidora. Obviamente, es gracias al poder tecnológico, del cual somos todos herederos, que esto puede suceder. Consumidores son razón de ser y motivación del trabajo de los productores (trabajo que, ciertamente, no tiene por qué descansar en los hombros de unos pocos, sino que puede ser distribuido proporcionalmente entre toda la población activa), y poderoso feedback que permite definir y crear el futuro. Pero también, el sustrato necesario del cual pueden emerger los grandes profesionales que podrán continuar empujando más allá las fronteras del conocimiento humano. Como ocurría con el ejército de Gedeón, nos necesitamos a todos y cada uno de nosotros para que nuestra apuesta por el futuro tenga el máximo de posibilidades de fructificar. Y estos candidatos a guerreros de Gedeón necesitan tener sus necesidades satisfechas para poder ser sublimes.

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