El trabajo no rentable

En breve, asistiremos a un proceso histórico. Histórico de verdad. La desaparición de un elemento que ha marcado la sociedad el siglo XX, y que continúa siendo un actor indispensable del mundo actual. Un concepto que ha constituído el verdadero motor, agente y justificación de la segunda revolución industrial, pero que hoy es ya casi un vestigio del pasado, un dinosaurio contaminante que se ha propagado sin control y que ahora ocupa, aletargado e indolente, el paisaje de nuestro hábitat.

El avance inexorable hacia la sociedad de la eficiencia a la que la competencia y los progresos tecnológicos nos empujan sin piedad, convierte en obsoleto (casi grotesco) el concepto de coche privado. Adquirir, conservar y mantener un vehículo propio es una práctica que va a resultar difícilmente justificable en breve, a no ser que esgrimamos razones sentimentales, la afición a algún hobby de índole automobilística o quizás simplemente el coleccionismo o la inversión en artículos del pasado con potencialidad a revalorarizarse.

En este futuro próximo, vehículos autónomos de alta calidad, durabilidad, confiabilidad y eficiencia energética, circularán ordenadamente por nuestras calles, respondiendo obedientemente a nuestras necesidades de transporte, que recibirán a golpe de app móvil. Adios a los embotellamientos y atascos, a los accidentes, al ruido, a la contaminación, a la inseguridad peatonal. Y adios a la ocupación autoritaria de esos apagados monstruos de metal aparentemente dormidos día y noche en los laterales de nuestras calles. El vehículo autónomo nos dejará en la puerta de casa y dócilmente se retirará a descansar a dependencias subterráneas ubicadas en el extrarradio, donde recibirá su merecida recarga energética y las atenciones y revisiones mecánicas más adecuadas.

Pero juntamente con todos esos males, en la misma caja de Pandora encerraremos tambén a una legión de taxistas, acompañados de huestes de mecánicos, de vendedores de seguros de automóbil, de comerciantes de autos nuevos y de ocasión, de profesores de autoescuela, de agentes de tráfico, de instaladores de semáforos, incluso de vendedores ambulantes de pañuelos que establecen su puesto en las zonas de habituales retenciones.

No es éste el único sector de la actividad humana en el que un avance tecnológico provoca una destrucción en cascada de puestos de trabajo. El hombre perdió hace tiempo su batalla por la rentabilidad contra máquinas y sistemas informáticos, y asistimos ahora a la lenta aunque acelerada deportación de humanos de los distintos ámbitos de producción, siendo substituidos por ingenios artificiales mucho más productivos, confiables y eficientes.

Pero en contra de los vaticinios de unos y otros, que auguran el fin de los tiempos, el apocalipsis, la hecatombe completa, la muerte por inanición de toda la población mientras supermercados y almacenes están repletos de comida, a la que no pueden acceder porque el fin del trabajo ha llegado, y ya no disponen de ingresos para comprar lo que necesitan, por culpa de esas malas malísimas máquinas, cabe afirmar que, obviamente, mientras existan humanos en éste u otro planeta, el trabajo no va a desaparecer. Porque aunque no sea necesario trabajar para satisfacer nuestras necesidades materiales, porque esas perversas máquinas hacen el trabajo por nosotros, sí necesitamos trabajar. O trabajar, o prácticamente alimentarnos de ansiolíticos. O trabajar, o caer en la depresión más profunda, en la indolencia absoluta, en la irrelevancia previa a la autoexterminación.

En una sociedad meritocrática y ciertamente materialista como la nuestra, parece que el derecho a existir de la persona requiera de utilidad, en una especie de balance vital. Para evitar el criticado asistencialismo, la administración requiere de una justificación en forma de cuenta de resultados. Pagaremos la educación de los jóvenes a cuenta de su trabajo futuro y de los ingresos que proporcionarán a las arcas del estado. Y la jubilación de los ancianos, por su sacrificado esfuerzo laboral de decenas de años y sus cotizaciones al sistema de seguridad social. En cuanto al resto, víctimas de diferentes circunstancias penosas, reciben una prestación porque no son culpables objetivos de su propia situación. Pero esta visión del mundo en forma de diario contable, con debe, haber y saldo de cuenta, chirría profundamente en los umbrales de la sociedad del trabajo no rentable. Simplemente, los números no salen. Pero la pregunta es: ¿de qué números estamos hablando?

En unas jornadas sobre educación a las que tuve el placer de asistir, un compañero ponente de cuyo nombre no logro acordarme, afirmaba que el futuro está en la educación. Pero no porque la mejora del nivel educativo de la población vaya a suponer la panacea que resolverá todos los problemas del mundo, como prometen con fe religiosa los representantes de un sistema educativo que hace aguas en su línea de flotación (y en el resto de líneas también), sino, como mi colega exponía, porque es una actividad que no contamina, que requiere de unos recursos moderados, y que ocupa tanto al que enseña como al que aprende. En resumen, la educación constituye el prototipo ideal económico de una sociedad de consumo.

No conozco (de hecho, ni yo, ni nadie) cómo se articulará esta sociedad del trabajo no rentable. Desconozco si se continuará ‘sine die’ con un progresivo endeudamiento de los estados, como está sucediendo actualmente, si se producirán una serie de reformas del sistema de impuestos, hasta conseguir una aparentemente imposible estabilidad presupuestaria, o si simplemente nos rendiremos a lo evidente y los estados limitarán el uso del dinero a lo que realmente es, una mera herramienta de intercambio. Pero lo que parece evidente es que cada vez seremos más los que trabajaremos, directa o indirectamente, para el estado y las diversas administraciones públicas (o sus equivalentes, si alguna profunda revolución social sucede). Trabajadores que no producimos, que no facturamos, pero que llevamos a cabo tareas valiosas, que hacen nuestro mundo mejor día a día.

Resumiendo… La progresiva e imparable destrucción de los puestos de trabajo privados y productivos, sólo puede ser contrarrestada (y debe serlo, si no queremos evitar males mayores) por trabajo no rentable (básicamente, servicios a los demás –seguridad, salud, educación, atención social-), que requerirá de financiación. Y el único agente en posición de financiar este trabajo no rentable (vía impuestos, deuda, impresión de dinero u otro método más creativo) es el estado y/o las administraciones públicas).

Necesitamos trabajar, y necesitamos ingresos. Pero son dos necesidades independientes. Disponer de ingresos, si no disponemos de trabajo, nos va a dejar a medias . Y obviamente, trabajar sin cobrar, también.

Cuando el trabajo (empleo) remunerado y productivo se agota (si es por motivos como los que están causando el agotamiento actualmente), el trabajo no rentable se convierte en una alternativa real.

27 pensamientos en “El trabajo no rentable”

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