Aprendiendo a nadar

Hace un tiempo, mi amigo Antonio y yo nos apuntamos a un gimnasio con piscina para mejorar nuestro desempeño en el agua, no muy elogiable en aquel entonces (y tampoco ahora, me temo). Se encargaba de los cursos de natación un tal Marcel, campeón en sus tiempos en diferentes competiciones y que incluso había participado con mérito en campeonatos internacionales. Desde la primera clase pudimos percibir claramente la implicación y dedicación de Marcel, decidido a hacer de nosotros los nuevos herederos de Phelps, o quizás en convertirnos en delfines o pingüinos.

Pero mi vida no se reducía (por suerte) únicamente a la natación, así que después de tres o cuatro sesiones maratonianas, exigentes y capaces de reventar a atletas, mucho más a sedentarios treintañeros como nosotros, decidí abandonar el curso y darme de baja del gimnasio.

Mi amigo Antonio no tuvo tanta suerte. Había pagado por anticipado hasta enero y se vió moralmente obligado a realizar todo el curso.

Después de esta experiencia tardé tiempo en tener ganas de volver a nadar, y aún más en hacerlo. Antonio no ha vuelto a sentir interés ni por la natación ni por el agua, a pesar del tiempo ya transcurrido.

Por supuesto, cualquier similitud o parecido metafórico entre esta historia y el sistema educativo actual es pura coincidencia, totalmente aliena a mi voluntad.

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