El fin de las pensiones

¿Qué va a hacer España con las pensiones? El producto interior bruto español es de algo más de un billón de euros. Un 32% de ese importe, unos 350.000 millones de euros, acaban en las arcas del estado. Y casi el 40% de este dinero, algo más de 135.000 millones de euros, se destina a pagar las pensiones de jubilación.

Según las previsiones del INE, la población potencialmente activa en España, que en el 2016 es del 47%, será del 38% en el 2031, y del 12% en el 2066 (según las leyes actuales). Datos que no causan preocupación, sino un terror certero.
Estados Unidos y los países del norte de Europa utilizan un sistema de capitalización obligatoria de gestión privada. Éste sistema parece más resistente a los cambios demográficos de envejecimiento de la población, pero es vulnerable a las crisis economicas, y susceptible de ser castigado por los impuestos a la propiedad, directos o indirectos que, previsiblemente, observando los resultados del experimento griego y la evolución del crecimiento prevista por la OCDE para las próximas décadas, irán extendiéndose por el mundo capitalista.
Pero para España, y para los millones de personas jubiladas (y los que pasarán a esta situación en breve), no hay tiempo ya de contratar y realizar las aportaciones necesarias a un plan de pensiones privado. Un más o menos abrupto reajuste basado en recortes de pensiones, en deuda estatal, ayudas internacionales e incrementos de impuestos se cierne amenazador sobre el horizonte futuro…

 

Más allá del horizonte

Pero más allà de ese punto, más allá del colapso, esperemos que más parecido a un aterrizaje suave, aunque de emergencia, que no a la colisión de un tren de mercancías contra un muro de hormigón, ¿qué nos espera? ¿cómo será el mundo, cuando las pensiones de jubilación hayan desaparecido?
Vamos a realizar un breve viaje a la futura sociedad de la eficiencia, y observaremos qué nos depara.
Un factor que nos llama la atención, es la inversión demogràfica que se ha producido. Más del 50% de la población cuenta más de 65 años en su haber. Y su esperanza de vida supera los 90 años. Al haber desaparecido las pensiones, la mayor parte de esta población se ve obligada a trabajar para subsistir. ¿Pero cómo se consigue que una persona pueda seguir trabajando pasados los 65, 70, 75 u 80 años de edad?
Observemos más detalles de esta sociedad de la eficiencia. Hace ya tiempo que el sistema capitalista abandonó a su suerte a los trabajadores (trabajadores humanos) y, en aras de la eficacia y la rentabilidad, optó por contratar sólo personal altamente cualificado y preparado, y substituir el resto de trabajadores por máquinas y sofisticados sistemas automatizados. En una sociedad privada de la principal vía de redistribución de la riqueza, administraciones y estados se ven obligados a cargar impuestos sobre las propiedades privadas para financiarse y mantener en movimiento la economía.
Los impuestos recaudados por la administración son redistribuídos de forma indirecta. El haber funcionariado ha desaparecido (no, no queda ni rastro…), y las administraciones no contratan a nadie directamente. Subcontratan empresas, entidades, asociaciones y ONG’s para prestar los servicios que no son rentables económicamente, que no producen beneficios. Entre ellos, proporcionar trabajo a la población.
El placer de trabajar
Cuando Adán fué expulsado del Paraíso, Dios lo sentenció a trabajar, a ganarse el pan con el sudor de su frente. Y este castigo nos ha perseguido desde entonces. El trabajo es, entonces, una carga, una actividad desagradable, forzada, que realizamos por necesidad. Y que deseamos dejar de realizar cuanto antes mejor, para poder dedicarnos a aquello que sí nos gusta, que sí nos apetece hacer, que sí nos aporta algo positivo.
Una sociedad en la que los ancianos trabajan, es una sociedad en la que el trabajo no desgasta, en la que el trabajo no es desagradable, no es una carga ni una obligación, sino una fuente de enriquecimiento y de crecimiento personal.
En esta sociedad futura que estamos observando, las personas pueden mantenerse ocupadas y productivas hasta edades avanzadas porque sus ocupaciones profesionales suponen un complemento a su actividad personal y se adaptan a su momento vital.
El sistema económico de la sociedad de la eficiencia
Observamos en esta sociedad, a grosso modo, dos tipos diferentes de empresas u organizaciones. Por un lado, macro empresas comerciales, productivas, competitivas, rentables, y altamente automatizadas, propiedad de decenas o cientos de miles de pequeños accionistas. Por otro, una pléyade de pequeñas empresas, organizaciones, asociaciones y ONG’s, contratadas directamente por la administración, y sometidas a unas reglas de contratación obligatoria y de limitación de beneficios muy estrictas. Y entre ambos extremos, organizaciones que por su funcionamiento no pueden clasificarse claramente en ninguno de estos dos grupos.
Hijos de la sociedad de la información
Los ancianos de la sociedad de la eficiencia son los hijos de la sociedad de la información. Se han criado conectados a Internet, alimentados por una contradictoria y austera sociedad de la abundancia, que les regalaba bienes materiales, y les racaneaba con el trabajo. Son ancianos que a los cuarenta años aún tenían cara (y actitudes) de niños, y que a  los setenta escalan montañas y buscan todavía el amor de su vida.
En esa sociedad, trabajar será una oportunidad de realización personal y de socialización. Una motivación para seguir estudiando y aprendiendo. Una forma más de mantener encendida la esquiva llama de la juventud. Un placer por sí mismo. Y ese será el principal cometido de las empresas, asociaciones, ONG’s y resto de organizaciones ocupadoras de esa sociedad: hacer agradables y atractivos los puestos de trabajo, para llamar la atención de los posibles trabajadores (esos ancianos del futuro), y cumplir de esta manera los requisitos que la administración exige para poder acceder a los concursos públicos. La ley de la oferta y la demanda, al servicio de las personas.

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