Otro nueve de noviembre

Marcos observó a través de la ventana (única ventana) de su apartamento. Otro nueve de noviembre. Otra jornada de celebraciones y conmemoraciones. De actos públicos, de análisis económicos y estadísticos, de discursos políticos, de orgullo y arrogancia. Y también de protestas, de revueltas, de manifestaciones y alborotos.

Pero la calle, varias decenas de metros por debajo de él, aparecía tranquila, ocupada por algunos transeuntes y vehículos. Bicicletas procomunes, motos procomunes, vehículos procomunes. Todos eléctricos o híbridos, de alta eficiencia y bajo consumo, y aún menor efecto contaminante, de estilizado diseño y vivos colores, repletos de sugerentes acrónimos.
Desde uno de los callejones adyacentes, un coche privado se incorporó a la vía principal. El resto de vehículos le hicieron espacio con cortesía tolerante en el que ya consideraban su territorio. Los transeuntes se detuvieron a observar a aquel vehículo de vidrios oscuros y matrícula nominal que con escrupuloso respeto a las normas de tráfico desfilaba ante ellos. En sus rostros se dibujaba una expresión de condescendencia con un leve dejo de repugna. El vehículo desapareció tras la esquina de la Avenida 52, y la normalidad volvió a la escena cotidiana.
Marcos se encogió de hombros y dejó su taza de café sobre la mesa. Colocó el canal de noticias en una esquina del panel interactivo, y desplegó las ofertas de trabajo del día. No dejó de parecerle curioso y un poco contradictorio que, en la celebración del decimosexto aniversario de la liberación de la humanidad de la obligación de trabajar, no fuese fiesta… Se encogió de hombros, por segunda vez esa mañana, y volvió su atención al panel de ofertas. Por sus cincuenta años recién cumplidos, y también por sus estudios y experiencia, tenía puntos de prioridad en la selección. Desplazó la lista y pasó por alto el apartado de ofertas formativas. Sabía que lo encontrarían a faltar en el centro, pero hacía muy buen día, y le apetecia un poco de ejercicio al aire libre, así que se apuntó a las tareas de mantenimiento forestal de los alrededores del parque natural.
Reservó un vehículo procomun autónomo para las 11.00h, y dedicó el rato que faltava a la limpieza del apartamento. Abrió la ventana y activó el roomba. Cambió de cajones el contenido de la nevera e inició el programa de descongelación y limpieza del frigorífico. Recogió los trastos de la cocina y sacó de un cajón el pequeño robot antigrasa. No tenía demasiado claro que el cacharrito limpiase. A él más bien le parecía que sólo cambiaba la grasa de sitio. Pero utilizarlo suponía recolectar cinco créditos cívicos adiconales por semana, así que se encogió de hombros (por tercera vez) y presionó con la palma de su mano la parte superior del robot antigrasa, que lentamente comenzó a desplazarse por el mármol, la placa de inducción y la cerámica de la pared. Marcos retiró el depósito de autolimpieza del extractor y lo conectó al aspirador orgánico del edificio. ‘Cinco créditos más’ pensó, mientras la garganta del dispositivo emitia un leve sonido quejoso.
Nueve de noviembre… Dieciseis años celebrando una victoria, que a Marcos le parecía más bien una derrota. Dieciseis años desde el día en que los poderes políticos del mundo occidental se sumaron con orgullo al anuncio de la OCDE de que el ser humano era libre y ya no tenía que trabajar. Ese día, el precio de automatizar un puesto de trabajo estándar (según los parámetros establecidos por la propia OCDE casi diez años antes), era inferior al de contratar a una persona. Un momento contra el que habían luchado gobiernos, poderes económicos, sindicatos y hasta colectivos religiosos. Y al que finalmente se apuntaron cuando se hizo demasiado evidente que era inevitable. Y lo que primero se dibujó como la hecatombe y el fin del mundo civilizado, se convirtió de repente en la nueva panacea y la puerta de acceso al mismísimo paraíso.
Con sus cincuenta años (recién cumplidos, eso sí), Marcos recordaba en primera persona la sucesión de acontecimientos que habían conducido a la situación actual, y no dejaba de sorprenderse de la relativa facilidad con la que se habían desarrollado cambios que parecían simplemente impensables.

Acabó de colocar la ropa autodoblable en el armario de secado, y volvió a guardar el pequeño y grasiento robot en su cajón. Se dirigió al lavabo a lavarse las manos, mientras en el panel interactivo aparecía un mensaje de felicitación y los créditos cívicos obtenidos se agregaban a su cuenta.

Pasaban dos minutos de las once cuando Marcos alcanzó la calle. Aparcado frente al edificio donde vivía, un vehículo automático procomún monoplaza y eléctrico le aguardaba. Marcos subió al interior y autorizó la ruta en el panel interactivo. El vehículo se incorporó al flujo circulatorio, y Marcos aprovechó para relajarse y mirar por la ventana, mientras en el panel interactivo del vehículo se sucedian mensajes publicitarios y recomendaciones del patrocinador, alternados con noticias de la jornada y algunos vídeos musicales.

Le costaba acostumbrarse a la idea de que para él ya no habría jubilación. Más que al hecho de que ya no era funcionario del estado (y de que nunca más volvería a serlo). Entendía que ahora no tuviese sentido la jubilación, pero se le hacía largo, pesado, pensar en que mantendría esta rutina hasta su muerte. Jubilarse supondría sólo un cambió de una rutina por otra, sí es cierto. Y ahora, podía cambiar de rutina cada día si así lo deseaba, eso también era cierto. Podía escoger qué trabajo realizar, o incluso, decidir cogerse uno o dos días de fiesta si le apetecía. Pero no era lo mismo… Quizás era mejor ahora, no lo discutía, pero para él había perdido encanto, atractivo…

El vehículo en el que viajaba Marcos había abandonado ya la ciudad, y circulaba por una pista forestal en buenas condiciones. Marcos consultaba la hoja de trabajo en su carpeta digital. El asistente de la hoja le ofreció la posibilidad de disponer de un ‘asesor’ que le explicase los pormenores de la tarea a realizar, pero no era la primera vez que acudía a este monte a realizar tareas de reforestación, así que no le pareció necesario. Lucas le envió una solicitud para formar equipo de trabajo con él. Habían colaborado en un par de ocasiones, así que Marcos lo vio bien y aceptó.

Se encontró con Lucas en una de las áreas de recreo del parque, la más próxima a la zona de trabajo que tenían asignada. Cargaron en la mula robótica el material y comenzaron a caminar loma arriba. Eran casi las doce cuando empezaron a cavar los agujeros que servirían para plantar nuevos árboles. Trabajarían unas dos horas, tomarían un descanso para comer, dos horas más de trabajo después, y ya darían por finalizada la jornada. ‘Trabajo en modo minijob’, pensó Marcos.

Lucas no había cumplido aún los veinte años. A pesar de llevarse no más de treinta años, Marcos y Lucas pertenecían a mundos distintos. Elementos que habían formado parte de la vida de Marcos, como las escuelas, el funcionariado, la jubilación o la propiedad privada, prácticamente no tenían existencia en la experiencia de Lucas. Tampoco existían en su vocabulario palabras como paro o hambre. Al menos, no aplicado a las personas de su alrededor.

– Tiene que molar lo de trabajar en el Centro – le comentó Lucas mientras le pasaba uno de aquellos arbolitos sin ramas y con las raíces envueltas en una malla degradable.

– No está mal, aunque me gustaba más antes, cuando había escuelas e institutos. Ahora no damos clases. Nos dediamos básicamente a resolver dudas, asistir  y asesorar a las personas que acuden allí a hacer cursos – contestó Marcos.

– Yo sólo puedo optar a trabajos como éste. No tengo cualificación para acceder a otros.

– Eso se arregla haciendo cursos. Además, hay muchos trabajos distintos a los que puedes acceder a pesar de no tener cualificación – contestó Marcos, que ya estaba habituado a los lamentos de Lucas.

– ¿Sabes qué me gustaría? Hacer de médico.

– Ah – dijo escuetamente Marcos. En sus tiempos, si querías ser médico, estaba bastante claro qué debías hacer. Ahora, bueno, pues no tanto.

– Llevo meses preparándome. He jugado a todos los DLC’s abiertos que ha publicado el gremio, y he obtenido muy buenos resultados. En dos meses publican una versión de pago con acceso a 150 plazas de médico auxiliar.

– Está bien – dijo Marcos, aunque poca confianza le inspiraba un médico que había obtenido el título jugando a videojuegos… Pero no era ignorante de las ventajas que este sistema representaba para la selección de nuevos profesionales. Las empresas publicaban periódicamente videojuegos de pago que tenían como premio para los mejores jugadores el acceso a un puesto de trabajo dentro de la empresa. Estos videojuegos estaban desarrollados ponendo énfasis en las habilidades y características personales que la empresa buscaba. Después, la persona seleccionada recibía una intensa y específica formación práctica, que tenía en cuenta estas características y habilidades, y también el dominio de las tecnologías concretas que iba a utilizar. Así, en pocos meses, disponían del personal que necesitaban, formado tal y como requerían, y sabían que era una apuesta segura, puesto que era uno de los mejores de entre decenas de miles.

– Se apunta muchísima gente a estos videojuegos. A mí me desespera bastante…

– No tanta, tío. Y piensa que he sacado muy buenas puntuaciones en los libres. Además, éste es caro. Eso echa mucha gente para atrás. Estoy trabajando básicamente para poder pagarlo – insistió Lucas.

Marcos se encogió de hombros (de nuevo) y centró su atención en mantener vertical el arbolito que estaban plantando. La verdad era que si la ilusión de ser médico motivaba a Lucas a trabajar y a mantenerse activo, debía valorarlo positivamente. Era demasiado habitual encontrar a chavales que no tenían ni ánimos ni motivos para hacer otra cosa que languidecer en sus butacas. Y no escapaba a Marcos que estos videojuegos representaban, además de un proceso selectivo, un mecanismo de aprendizaje, que transmitía a los jugadores los conocimientos y habilidades propios de la profesión a la que optaban.

 

De vuelta hacia la ciudad en su vehículo autónomo, Marcos reflexionaba sobre los cambios acaecidos en su mundo en aquellas últimas décadas. Recordaba sus años de juventud, cuando él y sus compañeros luchaban y reivindicaban por los derechos de los funcionarios, por las jubilaciones, por una escuela pública de calidad, por el mantenimiento del poder adquisitivo… Ahora, nada de eso existía ya. El sector público se había adelgazado hasta volverse prácticamente transparente, y todos los servicios que proporcionaba, habían sido privatizados. Pero la ‘propiedad privada’ también había sufrido una transformación radical, al ser grabados los bienes privados con impuestos descomunales, para poder pagar a las empresas que debían hacerse cargo de los servicios sociales que no producían beneficios. Así, el mundo en el que habitaba Marcos estaba formado por macro empresas privadas, en manos de decenas de miles de pequeños inversores, que ocupaban a un pequeñísimo porcentaje de la mano de obra disponible, gracias a la automatización y mecanización de los servicios; por una pléyade de ONG’s, funcaciones, asociaciones sin ánimo de lucro y pequeñas empresas, financiadas por impuestos y sometidas a un férreo control administrativo, que se encargaban de dar respuesta a todas las necesidades no lucrativas de la sociedad (entre ellas, proporcionar trabajo a la población); por una administración reducida prácticamente a una extensa y detallada normativa de obligado cumplimiento (y perseguido y castigado desobedecimiento); por la población; y por un flujo económico circular constante, aunque algo frágil, de población – macro empresas – impuestos – administración – micro empresas y ONG’s – población.

Cuando este circuito en precario equilibrio se tambaleaba, la administración utilizaba su control sobre los mecanismos financieros (tipos de interés, deuda, reservas) para reequilibrarse. Por otro lado, la existencia de varios niveles de tipos de moneda (moneda social, créditos cívicos, moneda comercial), permitía salvaguardar de las turbulencias de los mercados a los sectores de población más vulnerables. Y la identificación individualizada de la moneda comercial, con un código asignado a cada unidad y una trazabilidad completa de las transacciones realizadas con ella, dejaba casi sin espacio a las prácticas fraudulentas.

Un mundo un poco aburrido, a ojos de Marcos, pero en el cual tenías total libertad para vivir de la forma que deseases, y hacer aquello que te apeteciese. Si entendías el funcionamiento de todo el sistema, claro, lo cual tampoco era tan fácil… En fin…

Desde su perspectiva, desde su forma de ver el mundo, Marcos sentía el anhelo, la necesidad de poseer cosas. Vivir en un piso de alquiler, amueblado con mobiliario y dispositivos reciclados o reparados, usar vehículos de propiedad procomún, vestir ropa reacondicionada, le hacía sentir que había poco  de él mismo, y mucho de otras personas, en su propia vida. Pero se cuidaba mucho de manifestar sus objecciones. El anhelo por disponer de propiedad privada, en un mundo en el que el acceso a los bienes era general y prácticamente gratuíto, era considerado un síntoma de un posible trastorno mental, y Marcos no tenía el menor interés en entrar a formar parte de alguno de los programas de salud mental que se llevaban a cabo.

Se acercaban ya a la ciudad. Marcos no tenía ningunas ganas de celebración. Ningunas en absoluto. Pero tampoco le apetecía quedarse solo en su apartamento. Así que envió unos cuantos mensajes a algunos de sus conocidos, y proporcionó una nueva ruta a su vehículo autónomo.

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